Capítulo 1
E l detective Jake Tanner salió de New Scotland Yard a toda prisa hacia las concurridas calles de Londres, con una mezcla de aprensión y entusiasmo.
Tenía calor y una fina capa de sudor, como una mota de polvo depositada sobre un estante, le cubría la frente.
El traje se le pegaba a la piel y se sentía húmedo cada vez que balanceaba los brazos.
Debería haber utilizado las duchas del gimnasio del Yard, pero entonces habría tenido que explicarle a su mujer, Elizabeth, por qué olía tan fresco.
En cambio, tendré que explicar por qué estoy tan acalorado y sudado.
Si ella preguntaba, decidió que le echaría la culpa del sudor al tiempo.
Jake solo había avanzado cinco metros desde la puerta cuando alguien lo abordó por detrás.
—¡Tanner!
Jake se dio la vuelta en el acto.
—Luke. ¿A qué debo el placer? —preguntó Jake.
—Te dejaste esto en la sala de reuniones.
El detective Luke Matthews levantó el brazo blandiendo la placa de identificación de Jake y se la entregó. Jake le dio las gracias.
—Oye —dijo Luke—, antes de que te vayas, quería desearte buena suerte. Lo has hecho bien ahí dentro, y no importa quién consiga el ascenso, no habrá resentimientos, ¿vale?
—Sin resentimientos —mintió Jake y se dio la vuelta.
Llevaba las últimas semanas luchando por el ascenso a sargento detective en el Mando Antiterrorista.
Un correo electrónico había aparecido en su bandeja de entrada explicándole que alguien lo había propuesto y que debía responder en el mismo día si lo quería.
Eso significaba que no había tiempo para consultar a Elizabeth, así que presentó su candidatura y esperó lo mejor.
Sabía lo que ella diría de todos modos: que la carga de trabajo era excesiva para él y que debía considerarlo a fondo antes de presentarse.
Primero se sometió a una serie de exámenes físicos y mentales.
Todos habían ido bien. Pero no era el mejor; el detective Luke Matthews le había superado en todo hasta el momento, sentado allí con suficiencia mientras le comunicaban su puesto.
Y hoy, Jake acababa de soportar la tarde más emocionante del año: el entrenamiento con armas de fuego.
Era el primero de una serie de ejercicios diarios con armas de fuego más avanzados y robustos.
En unos días sabría los resultados. Y entonces tendré que darle la noticia a Elizabeth , pensó Jake, intentando no hacerse demasiadas ilusiones.
Respetaba a Luke, pero no deseaba nada más que conseguir el ascenso.
A pesar del aumento de la carga de trabajo, era el incremento de ceros en su cuenta bancaria la mayor perspectiva de éxito.
El dinero era una lucha constante para Jake, Elizabeth y los niños, y este ascenso era la mejor oportunidad que tendrían de obtener cierta estabilidad financiera.
Aunque Elizabeth aún no se diera cuenta.
Jake caminó por la calle hacia su coche.
El sol ardía en lo alto del cielo, sin dar señales de que fuera a retirarse pronto.
Mientras tanto, los ajetreados sonidos de la ciudad reverberaban entre los edificios.
Sirenas, bocinas de coches y el murmullo general de la gente conversando llenaban las calles.
Se detuvo junto a un BMW X5 camuflado. Durante los últimos dos años, había tenido el privilegio de recorrer las calles de Londres en él.
Arrancó el motor y se puso en marcha. Al detenerse ante un semáforo, miró el reloj del salpicadero y sonrió.
Eran las 17:17, la hora más temprana a la que había salido de la oficina en meses.
El oficial de instrucción les había enviado a casa antes y Jake salió disparado; tenía una familia a la que echaba de menos y quería más que a nada esperándole.
De camino a casa, Jake paró el 4x4 en el supermercado local y compró leche, cerveza, zumo de naranja y cuatro pizzas.
Él y su familia vivían en Croydon, al sur de Londres.
Alquilaban una casa alta y estrecha que acababa de ser reformada.
La zona era tranquila la mayor parte del tiempo, con buenos colegios y conexiones de autobús para los niños.
El único problema era que ahora se les había quedado pequeña.
Sin mencionar que el trayecto al trabajo cada mañana era largo y monótono.
Tras aparcar a un lado de la carretera, Jake apagó el motor, salió y caminó hacia la puerta principal, haciendo equilibrios con las cajas de pizza en el hueco del brazo izquierdo, la bolsa de la compra colgando del pulgar izquierdo, y rebuscando en el bolsillo las llaves de casa con la otra mano.
—¡Chicas! ¡Ya estoy en casa! —gritó mientras se quitaba los zapatos junto a un trozo de rodapié. Con el talón, cerró la puerta tras él.
La puerta del salón, a su izquierda, se abrió de golpe. De ella salieron disparadas sus dos hijas, Maisie y Ellie. Ellie, la hija menor de Jake, fue la primera en llegar hasta él y se abrazó a su pierna. Maisie la siguió y se abrazó a la otra.
—He comprado pizza para cenar —dijo Jake, levantando las cajas de cartón en el aire. Las dos niñas vitorearon entusiasmadas.
—¡Llévanos, papá! ¡Llévanos a la cocina! —dijo Ellie, aferrada a los tobillos de Jake como un koala, con sus inocentes ojos marrones mirando hacia arriba. Él sonrió.
—Hoy no, cariño. A papá le duele la espalda —dijo Jake. Las niñas soltaron un gemido colectivo y bajaron la cabeza. —Venga, id a la cocina y poned la cena. Quizá podamos ver una película esta noche también.
Esto pareció animar de nuevo a las niñas, pues sus ojos brillaron bajo la luz y sus rostros se enrojecieron de emoción.
Soltaron las piernas de Jake. Él le entregó las bolsas de la compra a Ellie, las cajas de pizza a Maisie y les ordenó que fueran a la cocina.
Salieron disparadas. Jake las siguió con la mirada mientras se marchaban, y entonces sus ojos se detuvieron en la figura que estaba en el umbral de la puerta, apoyada en el marco con los brazos cruzados.
—¿No teníamos ya la cena preparada para esta noche? —dijo Elizabeth. Hablaba con calma y un tono grave, lo que Jake interpretó como que no estaba muy convencida.
—Lo sé —dijo él, acercándose a ella—. Pero quería darnos un capricho. Además, he terminado de trabajar temprano, así que pensé: «¿Por qué no?».
Jake se agachó a su altura, la besó en los labios y deslizó sus manos alrededor de su diminuta cintura. Ella le devolvió el beso.
—Mmm. ¿Cómo es que estás en casa tan pronto? —preguntó Elizabeth, apartándolo.
—Qué amable. Me vuelvo si quieres.
—Sabes que no me refiero a eso. No sueles estar aquí hasta las ocho.
—Mamadou ha dicho que podíamos escaquearnos unas horas antes. Era su cumpleaños y querían ir a tomar unas copas —mintió Jake. La miró a los ojos, esperando una respuesta, deseando que le creyera.
—¿Y te has venido directo a casa? ¿Por qué no te quedaste?
—Me quedé a una, pero luego me vine.
—Cielo santo, ¿a qué hora habéis terminado? En fin, me alegro de que estés en casa. —Elizabeth le dio otro beso y los dos entraron en la cocina. Libros de cocina y recibos de hace meses cubrían la isla central. El resto de la cocina también estaba desordenado, un reflejo de sus caóticas vidas.
Jake les dijo a las niñas que subieran a prepararse para dormir mientras Elizabeth cocinaba las pizzas en el horno. Una vez que las niñas regresaron y las pizzas estuvieron crujientes y doradas, se sentaron a la mesa familiar en la habitación contigua.
—¿Qué tal el cole hoy, chicas?
—Aburrido. La señorita Robertson nos ha dado ciencias y ha sido un rollo —dijo Maisie.
Tan perspicaz como siempre , pensó Jake. —¿No te gustan las ciencias?
—No, es aburrido. No me importan las cosas que hay dentro de mi cuerpo ni lo que hacen.
—Pues deberían importarte, Maisie. Es bueno saber qué ocurre dentro de tu cuerpo. Lo entenderás cuando seas mayor, y así podrás vivir mucho tiempo. —Dio un mordisco a la pizza—. ¿Qué más ha pasado? ¿Ha habido alguna clase que os haya gustado?
—Geografía.
—¿Qué tiene de bueno la geografía? —se burló Jake.
—¡Yo lo sé! —gritó Ellie, lanzando trocitos de queso y masa de pizza sobre la mesa mientras hablaba.
Maisie dejó de comer y le dijo a su hermana pequeña que se callara.
—¡Maisie Louise Tanner, no le hables así a tu hermana o te irás directa a la cama sin ver la película! —dijo Elizabeth, soltando los cubiertos sobre el plato.
Maisie se encogió en su asiento.
Tras considerar que era seguro continuar con su investigación, Jake prosiguió. —¿Ellie, decías?
—Oscar está en su clase y hoy los he visto hablando —dijo Ellie, ya más calmada.
La cara de Maisie se puso roja de vergüenza, lo que resaltaba aún más por su pelo castaño.
—¿Quién es Oscar, Maisie? —preguntó Jake.
—Un chico de mi clase.
—¿Y es un chico majo?
—Sí.
—¿Te sientas a su lado?
—A veces.
—¿Es solo un amigo? ¿O es tu novio? —preguntó Jake a las niñas, mirando primero a Ellie y luego a Maisie.
—Se supone que todavía no podemos tener novio —dijo Maisie tímidamente.
—Exacto —dijo Jake—. Y que no se os olvide a ninguna de las dos. —Elizabeth puso los ojos en blanco desde el otro lado de la mesa.
Durante el resto de la tarde, la familia comió la pizza, decidió qué película ver y se sentó en el sofá frente al televisor, hasta que llegó la hora de mandar a Ellie y a Maisie a la cama.
Las niñas se fueron a sus habitaciones sin rastro de discusiones inminentes, dejando a Jake y a Elizabeth solos.
Elizabeth apoyó la cabeza en el pecho de Jake y él le acarició el pelo rubio entrelazando sus dedos en él.
—¿Qué tal tu día, cariño? —preguntó Jake, ignorando lo que echaban por la tele.
—Bien. Llevé a las niñas al cole. Vine a casa. Hice algunas tareas. Eso ha sido todo.
—¿Ningún cliente nuevo hoy? —preguntó Jake.
—No —dijo Elizabeth—. Parece que ya nadie quiere retratos profesionales. Ya se los han hecho todos.
—Seguro que la cosa mejora pronto. En cuanto hayamos ahorrado lo suficiente para poner en marcha tu publicidad, estarás más ocupada que nunca.
Elizabeth era fotógrafa autónoma, y lo había sido desde que se graduó en fotografía por la Universidad de Central London.
Muchos de sus compañeros de clase habían entrado en empresas corporativas y llevaban vidas exitosas.
Pero Elizabeth no; se había mantenido fiel a sus creencias y permitió que su pasión por el arte y la creatividad se manifestara algún día, con suerte, en una carrera floreciente.
Hasta ahora, solo había tenido unos pocos clientes y los ingresos generados apenas bastaban para compensar los gastos del trabajo.
Otra razón por la que el ascenso de Jake era tan importante.
—Tu madre se va mañana, ¿no? —preguntó Jake, cambiando de tema.
Elizabeth asintió.
—¿Desde dónde vuela?
—Desde Heathrow. Cogerá el tren desde algún lugar de Londres.
—¿A qué hora es su vuelo?
—A las dos, creo. ¿Por qué?
—Solo por preguntar. —Jake bostezó. Miró su reloj, vio la hora y sugirió que se retiraran a dormir.
Elizabeth se mostró de acuerdo y subieron juntos. Unos minutos después, ambos estaban bajo el edredón en la misma posición que en el sofá, descansando suavemente el uno en brazos del otro.
Elizabeth acarició el pecho de Jake. —¿Jake...? —preguntó en voz baja.
—¿Sí?
Ella guardó silencio unos instantes. —No importa. Puede esperar a otra noche. Te quiero.
Se quedaron dormidos juntos sin saber lo que les depararía el día siguiente.
La tenue luz proyectada por los monitores del ordenador llenaba la habitación.
Una taza de café descansaba junto a la pantalla de la derecha.
El sonido del silencio ensordecía a Adil.
Necesitaba una distracción, algo que acompañara a sus pensamientos.
Se levantó de su asiento, caminó hacia el tocadiscos que había junto a la pared de la cocina y eligió su favorito.
Momentos después se relajó mientras los suaves acordes de la música clásica bailaban alrededor de sus oídos.
Había estado solo durante las últimas horas. Moshat se había ido a trabajar tarde y, desde entonces, Adil había estado redactando el correo electrónico.
Al principio, no había sabido si enviarlo.
Entre los dos habían decidido algo, pero no era suficiente.
No era nada de lo que él quería decir. No iba a atraer la atención de todo el mundo y centrarla en él.
No iba a convertirlo en alguien infame, ni a crear un legado en su nombre.
Si quería que eso ocurriera, el mensaje necesitaba ajustes serios.
Mientras Adil estaba sentado en su escritorio y leía las palabras en la pantalla por décima vez, sonrió.
Por fin, lo había logrado. Se reclinó en su silla y pegó el texto en un servidor de correo electrónico cifrado.
Escribió la dirección de correo que había obtenido ilegalmente semanas antes y programó el envío para las 07:00 de mañana por la mañana.
En poco más de doce horas, el detective Jake Tanner, el dueño de esa dirección de correo, y el resto del Mando Antiterrorista se enfrentarían a su adversario más difícil y al peor ataque terrorista que su ciudad jamás hubiera visto.
Adil había sido insistente en ese punto.