Sin Prescripción CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS
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CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS

P or la mañana Julián sube con el té y se sienta y ninguno de los dos habla durante un rato. En algún momento me pregunta si he pensado en lo que me dijo anoche y yo le digo que sí y él asiente y esperamos los dos en silencio como si la respuesta fuera a llegar sola si le damos suficiente tiempo.

No llega.

Pero hay algo que sí llega, despacio, durante ese día largo y quieto.

Una certeza que no tiene que ver con Julián ni con Elena ni con el año que he pasado en esta habitación.

Tiene que ver conmigo. Con lo que soy capaz de hacer cuando algo dentro de mí decide que puede hacerlo.

Con la manera en que mis manos se quedaron quietas en aquella cocina.

Esa certeza me da miedo.

Y ese miedo, paradójicamente, es lo más lúcido que he sentido en todo este año.

Julián baja la vista a la taza y dice que no tengo que decidir nada hoy. Que no hace falta. Que podemos esperar .

Asiento, aunque no sé si me está hablando a mí o a la parte de mí que todavía intenta parecer razonable.

El té se enfría entre mis dedos. La porcelana conserva el calor justo el tiempo suficiente para que yo siga sintiendo que la tengo sujeta y no que ella me sujeta a mí.

Julián se inclina para recoger la cucharilla que ha quedado torcida sobre la bandeja.

Tiene la cabeza baja. La línea de su perfil queda expuesta, limpia, demasiado cerca.

La idea no llega como una frase. Llega como un movimiento.

Me incorporo con la taza en la mano.

Lo hago con una rapidez que me sorprende incluso a mí, sin pensar ni medir el gesto.

La levanto hasta dejarla a la altura de mi hombro. El brazo se me queda rígido. La muñeca tensa. La porcelana pesa menos de lo que debería. O quizá soy yo la que pesa menos, la que ya no está del todo aquí.

Julián sigue agachado.

Solo tendría que bajar el brazo.

Solo eso.

Entonces algo golpea el cristal de la ventana con un chasquido seco y los dos levantamos la cabeza al mismo tiempo.

Un mirlo choca contra el vidrio y rebota hacia el jardín, torpe, negro, vivo. El sonido corta la habitación en dos. Julián se incorpora de golpe y gira hacia la ventana. Yo sigo inmóvil con la taza levantada, como si el cuerpo hubiera olvidado qué hacer con ella.

Durante un segundo no sé qué estaba haciendo exactamente. No sé si iba a golpearle o si ya había empezado a hacerlo dentro de mí, en ese lugar donde las cosas ocurren antes de que una las entienda.

No sé si me he detenido yo o si algo, fuera de mí, me ha detenido.

Bajo el brazo despacio, casi con cuidado, como si de pronto pesara demasiado, y la taza vuelve a quedar a la altura de mi pecho.

Julián mira fuera, abre un poco más la ventana y comprueba que el pájaro ha remontado el vuelo. Dice algo sobre el golpe, sobre el cristal, sobre lo frágil que es todo. No sé si me habla a mí o al aire.

Asiento. No creo que haya visto nada, pero yo sí lo he visto: mi mano, la distancia, lo fácil que habría sido. Y lo peor no es eso. Lo peor es que no puedo asegurar que me hubiera detenido sola.

Julián recoge la bandeja con cuidado, como si no quisiera hacer ruido ni romper nada más de lo necesario.

Me pregunta si quiero más té y niego con la cabeza.

Se queda un momento de pie, mirándome como si todavía esperara alguna respuesta que yo no termino de darle, y al final sale de la habitación con la misma calma con la que ha entrado .

Cuando la puerta se cierra, me quedo mirando la mesilla vacía.

Miro mis dedos. Siguen abiertos, como si todavía estuvieran sujetando algo que ya no está, como si mi cuerpo no acabara de entender que ya no hace falta seguir preparado para nada.

No tiemblo al principio. El temblor llega después, cuando la habitación se queda vacía y ya no tengo a nadie delante a quien engañar, cuando por fin puedo dejar de sostener la cara que he estado sosteniendo todo el día.

Entonces sí. Entonces me entra ese temblor pequeño y frío que no viene de las manos, sino de más adentro, de un sitio que no sé nombrar y que me da más miedo que cualquier otra cosa.

Porque ahí, sola, sin Julián delante, sin palabras que me salven, me doy cuenta de que ya no puedo seguir fingiendo que soy la misma.

Me llevo las manos al regazo para que no me delaten.

No pienso en Elena ni en Julián. Pienso en la cocina, en aquella quietud, en ese instante en que una parte de mí dejó de pedir permiso.

Y, con una claridad que no había tenido hasta ahora, decido qué quiero hacer.