Sin Prescripción CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
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CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES

L o primero que hago cada mañana es comprobar si todavía puedo mover los dedos.

Hoy obedecen. Despacio, como si tuvieran que recordar primero para qué sirven, pero obedecen.

Empiezo por el pulgar. Después el índice. Luego el corazón, el anular y el meñique. Cinco pequeños movimientos que hace apenas unas semanas parecían imposibles antes del desayuno.

Después intento abrir los ojos. La luz entra por la rendija de la cortina y me obliga a entrecerrarlos. El techo tarda unos segundos en dejar de girar. El mundo despierta mucho antes que yo y tengo la incómoda sensación de incorporarme a una conversación empezada hace horas.

Permanezco inmóvil. Escucho la casa. Los crujidos de la madera. El viento entre los árboles. Y abajo, el ruido familiar de la cafetera que empieza.

No sé cuánto tiempo llevo mirando el techo cuando oigo los pasos. No necesito verlos para reconocerlos. Tres escalones, la pequeña pausa del cuarto, los otros nueve. La bandeja tintinea apenas al cambiar de mano antes de que la puerta se abra.

Julián aparece con una sonrisa cansada, una bandeja de madera entre las manos y el pelo todavía húmedo de la ducha.

—Buenos días, dormilona.

Se acerca despacio. Deja la bandeja sobre la mesilla y se inclina para besarme en la frente.

—¿Cómo estás hoy?

No respondo enseguida. La pregunta parece sencilla y no lo es, igual que no lo era hace un año, igual que no lo ha sido ninguna de las mañanas intermedias, aunque por razones que han ido cambiando.

—Bien —digo al fin.

Julián retira la tapa de la taza. El vapor asciende lentamente. Las tostadas, la fruta, el té. Y después el pastillero, que abre con ese gesto preciso y cuidadoso que tiene para todo.

Las cápsulas descansan ordenadas por colores. Me las coloca en la mano, como siempre.

Las miro durante más tiempo del habitual, con esa claridad nueva que llevo días construyendo despacio, ladrillo a ladrillo, sin saber muy bien hacia qué.

Julián espera. No dice nada ni se mueve.

Solo espera, igual que ha esperado todo este año, con esa paciencia que nunca se agota y que ahora sé que no es virtud sino otra cosa completamente distinta.

Levanto la vista y nuestras miradas se encuentran. Ninguno de los dos habla; permanecemos así, inmóviles, mientras el silencio se alarga entre nosotros.

La cocina de azulejos blancos. Mis manos quietas.

La certeza que llegó mientras miraba su nuca y el pensamiento tardaba demasiado en pasar.

Hay cosas dentro de mí que no desaparecen porque yo no las recuerde, que siguen ahí esperando las condiciones correctas, que han estado esperando todo este año debajo de la medicación como agua debajo del hielo.

Julián lo sabe. Por eso sigue aquí, un año después.

Cierro la mano, me llevo las pastillas a la boca, doy un sorbo al té y, esta vez sí, las trago de verdad, sin fingirlo ni esconderlas.

Julián se relaja. Es un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero yo llevo un año aprendiendo a leer los espacios entre sus gestos y este lo conozco bien. Es el mismo de cada mañana, el del hombre que acaba de completar una tarea importante.

Se inclina para besarme en la frente antes de recoger la bandeja. Lo escucho alejarse hacia la puerta y, justo antes de salir, me dedica la misma sonrisa cansada de siempre. Cuando la puerta se cierra, me quedo mirando el techo. Afuera canta un mirlo; luego otro. Después, el silencio.

FIN