Sin Prescripción CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

J ulián sube con la cena esa noche y antes de dejar la bandeja me hace la pregunta.

No hay preámbulo. No hay preparación. La deja caer con la misma naturalidad con que deja la bandeja sobre la mesilla, como si llevara un año guardándola y esta mañana hubiera decidido simplemente soltarla.

—¿Qué quieres hacer?

Me quedo mirándolo.

Es la primera vez en un año que me lo pregunta. No qué necesito, no cómo estoy, no si quiero que abra la ventana. Qué quiero hacer. Con esto. Con todo esto.

—No lo sé —le confieso.

—De acuerdo.

Se sienta. Abre el pastillero. Me coloca las pastillas en la mano con el mismo gesto de siempre y yo las acepto, finjo tragarlas y muevo la lengua con el cuidado que he aprendido estas semanas. La cápsula queda donde tiene que quedar.

Mientras Julián recoge la bandeja y habla de algo, del tiempo, de que puede que llueva esta tarde, yo sigo dándole vueltas a la pregunta.

Qué quiero hacer. Con un año de pastillas y bandejas y una habitación que se ha convertido casi en el único mundo que conozco.

Con una memoria que tiene agujeros que quizás no se llenen nunca.

Con una enfermedad que quizás tiene un nombre que explica algunas cosas y no explica otras.

Con la muerte de una mujer que sonreía hacia otro lado en todas las fotos.

Qué quiero hacer.

Cuando Julián recoge la bandeja y se dirige hacia la puerta me viene un pensamiento que no busco y que esta vez no consigo atribuir al cansancio ni al insomnio ni a ninguna de las cosas a las que he estado atribuyendo todos los demás. Es sobre él. Sobre la nuca. Sobre lo fácil que sería.

Y entonces me doy cuenta de que mis manos ya no están sobre la manta y no sé cuándo las moví.

Julián sale y yo sigo con la pregunta.

La respuesta que empieza a tomar forma no es la que esperaba encontrar.

No es escapar. No es denunciar. No es ninguna de las cosas que habría dicho hace unas semanas, cuando todavía creía que el problema era solo Julián y que yo era solo una víctima de algo que me había ocurrido sin que yo tuviera nada que ver.

Ahora sé que sí tuve algo que ver .

No sé cuánto. No sé si fue la enfermedad o fui yo o las dos cosas mezcladas de una manera que no admite separación limpia. Pero sé que estuve en esa cocina con las manos quietas, algo ocurrió y eso no desaparece porque yo no lo recuerde del todo.

Cuando la puerta se cierra me quedo mirando mis manos durante un rato largo.