Sin Prescripción CAPÍTULO CINCUENTA
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CAPÍTULO CINCUENTA

Julián

C uando cierro la puerta de la habitación, apoyo la mano un instante sobre el pomo sin llegar a soltarlo del todo.

Al otro lado no se oye nada. Pienso que quizá siga sentada exactamente donde la he dejado, mirando cualquier punto de la habitación sin verlo realmente, intentando colocar las últimas piezas igual que lleva semanas colocando las anteriores.

Después retiro la mano y bajo la escalera con la bandeja.

La casa está en silencio. Solo se oye el agua de las tuberías cuando abro el grifo de la cocina y dejo las tazas bajo el chorro. El té ha dejado un cerco oscuro en el fondo de una de ellas. La otra está casi llena. Clara siempre deja el té cuando se enfría.

Las aclaro despacio, las seco con el paño y vuelvo a colocarlas en el armario. Después abro el cajón donde guardo el pastillero y saco las dos cajas que llevan un año ocupando el mismo sitio. Las apoyo sobre la encimera y permanezco un momento mirándolas antes de abrirlas.

Haloperidol.

Clonazepam .

Hace meses que empecé a reducir las dosis. Muy poco. Lo suficiente para que recuperara fuerza en las piernas, para que pudiera volver a sostener una taza sin que le temblaran las manos, para que la memoria encontrara el camino de vuelta. No tanto como para retirarlas del todo.

Cojo una de las pastillas entre los dedos y la dejo caer en el compartimento del lunes.

Nunca pensé que llegaría el día en que dudaría delante de un tratamiento.

En el hospital las dudas duran poco. Se revisa la historia clínica, se piden pruebas, se cambia una pauta, se consulta con otro médico.

Siempre hay algo más que hacer antes de aceptar que uno no sabe.

Aquí no. Aquí hace un año que todas las decisiones dependen de mí y hace un año que no tengo a nadie con quien discutirlas.

Vuelvo a coger otra pastilla.

Si Clara hubiera sido una paciente cualquiera, habría seguido un protocolo.

Habría llamado a la policía aquella misma noche.

Habría firmado los informes que hicieran falta y habría esperado a que alguien decidiera por ella.

Nunca llegué a planteármelo de verdad. La vi sentada junto a la ventana, con las manos sobre el regazo y aquella expresión que todavía soy incapaz de olvidar, y comprendí antes de pensarlo que no iba a dejar que se la llevaran.

Durante mucho tiempo me repetí que cualquiera habría hecho lo mismo .

Hace unos meses dejé de creerlo.

Tiro un blíster vacío y abro el siguiente.

Hay personas que llegan al hospital convencidas de que alguien quiere matarlas.

Otras dejan de reconocer a quienes llevan toda una vida sentándose a su mesa.

He visto hombres tranquilos convertirse en desconocidos por un tumor de pocos centímetros y mujeres incapaces de recordar el nombre de sus hijos después de una hemorragia.

Uno aprende muy pronto que el cerebro puede romperse de formas que desde fuera parecen imposibles y también aprende otra cosa: cuando alguien cambia de un modo tan radical, la primera obligación es buscar la causa.

Eso fue lo que hice con Clara.

Al principio solo eran detalles demasiado pequeños para concederles importancia.

Una respuesta desproporcionada. Un silencio donde antes habría habido una sonrisa.

La facilidad con que dejaba de sentir cosas que hasta hacía poco la conmovían.

No pensé en una enfermedad de inmediato.

Pensé que estaba pasando por un mal momento, que el estrés cambiaba a las personas, que ya volvería a ser ella.

Después dejé de reconocer algunas de sus miradas.

Todavía hoy no sé decir cuándo empezó exactamente.

Solo sé que, cuando aquella noche la encontré en la cocina, la idea de que todo aquello pudiera no tener una explicación me resultó mucho más insoportable que cualquier otra cosa que hubiera visto.

Dejo la última pastilla en su sitio y cierro el pastillero .

Podría haberme equivocado.

La frase aparece cada vez con más frecuencia, aunque nunca consigo sostenerla demasiado tiempo. Si me equivoqué, llevo un año sedando a una mujer sana. Si no me equivoqué, llevo un año intentando impedir que vuelva a hacer daño.

Las dos posibilidades pesan lo suficiente como para no dejar dormir a nadie.

Miro hacia el techo.

Está justo encima de la cocina. Puedo imaginar el lugar exacto donde está la cama, la ventana, la silla en la que suelo sentarme cada tarde.

Dentro de unas horas volveré a subir con la cena.

Después vendrá la noche y mañana el desayuno, el té y las pastillas, igual que ayer y que todos los días anteriores.

Después le preguntaré qué quiere hacer, aunque no sé si estoy preparado para escuchar la respuesta.

Porque llevo un año diciéndome que, cuando recuperara la memoria, decidiría ella.

Y ahora que ese momento ha llegado descubro que una parte de mí sigue esperando que no quiera marcharse.

No sé si eso invalida todo lo demás.

Tampoco sé si importa ya.

Cierro el cajón, apago la luz de la cocina y antes de subir la escalera vuelvo la vista hacia el pastillero. Permanece sobre la encimera, preparado para la mañana siguiente, exactamente igual que todos los anteriores.

Durante un momento estoy a punto de abrirlo otra vez.

Al final no lo hago.