Sin Prescripción CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE
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CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE

L a pausa de Julián dura demasiado.

—Había señales —dice al fin—. Cosas que en retrospectiva tienen un nombre. En ese momento las llamé de otra manera.

—¿Cómo las llamaste?

—Carácter. Intensidad. Precisamente algunas de las cosas que más me gustaban de ti.

Lo dice sin ironía. Sin crueldad. Con esa honestidad descarnada que aparece cuando alguien ha dejado de protegerse de sus propias palabras.

Fuera, el mirlo canta una vez y se calla. Julián no parece oírlo. Yo sí, y me aferro a ese sonido un segundo más de lo necesario, como quien se sujeta a algo pequeño para no tener que sujetarse a nada más grande.

—Debería haberlo visto. Y no lo vi, o no quise verlo, y no sé cuál de las dos cosas es peor.

Me quedo pensando en eso un momento. La culpa de Julián no empieza la noche en que murió Elena, sino mucho antes, cuando todavía era posible mirar lo que estaba ocurriendo y seguir llamándolo de otra manera, cuando aún podía convencerse de que aquello era simplemente una parte de mí y no el principio de algo que ninguno de los dos supo reconocer.

—Cuéntame lo que encontraste —digo.

Julián deja la taza sobre la mesilla. Durante un instante me descubro deseando que se le resbale de las manos y se haga añicos contra el suelo. El pensamiento desaparece casi antes de que pueda reconocerlo y me deja una incomodidad que no sé de dónde viene.

—Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Habíamos quedado para cenar los tres, pero tú habías llegado antes. —Se detiene. —Encontré a Elena tirada en el suelo de la cocina. Tú seguías sentada junto a la ventana, con las manos en el regazo. Me miraste al entrar y no dijiste nada.

Lo escucho y al mismo tiempo hay algo dentro de mí que empieza a moverse, no exactamente un recuerdo sino algo anterior al recuerdo, una sensación que reconozco sin saber de dónde viene. La silla junto a la ventana. Las manos quietas. La manera en que lo miro cuando entra.

No era la primera vez que había estado en esa cocina esperando que algo terminara.

La idea aparece con una claridad que me asusta. No sé de dónde viene ni qué significa exactamente. Lo atribuyo a los fragmentos, a la memoria que lleva semanas reconstruyéndose en pedazos, a la tensión de escuchar esto en voz alta por primera vez.

—¿Qué hiciste? —pregunto.

—Lo único que se me ocurrió fue llamar a alguien que me debía un favor.

Algo se mueve en mí antes de que la frase termine de asentarse. No es un recuerdo. Es más parecido al eco de una sensación, la misma inquietud pequeña que sentí una tarde, hace semanas, cuando Julián bajó la voz para decir un nombre.

—¿Quién?

Julián tarda un momento.

—Andrés.

No pregunto más. Ya lo intenté una vez y no sirvió de nada.

—¿Y vino?

Asiente.

—Limpiamos. Después construí una historia y te traje aquí.

—¿Por qué aquí?

Julián tarda un momento.

—Porque está lejos de todo y de todos. Porque necesitábamos que nadie nos reconociera. Pensé que, si nos marchábamos...

Se calla.

—¿Si nos marchábamos, qué?

Julián tarda unos segundos en responder.

—Que todavía podía hacer algo.

Lo miro durante un momento largo y pienso en su hermana, en que este hombre eligió a la mujer que la mató por encima de todo lo demás, por encima de la justicia y del duelo y de su propia cordura.

No sé qué dice eso de él, pero por primera vez me pregunto si lo que yo hice habla de mí de la misma manera.

Somos dos monstruos sentados en la misma habitación bebiendo té.

Y sin embargo hay algo en él, en la manera en que carga con todo esto sin derrumbarse, que me produce algo que no sé nombrar y que me inquieta precisamente por eso.

—¿Te arrepientes? —pregunto.

Julián tarda en responder.

—Todos los días.

Lo miro sin saber muy bien qué significa esa respuesta.

—¿De haberme traído aquí?

Niega despacio con la cabeza .

—De no haber encontrado otra manera.

El silencio vuelve a instalarse entre los dos.

—Si volvieras a entrar en esa casa sabiendo lo que sabes ahora... ¿harías algo distinto?

Julián baja la vista hacia la taza. Permanece así unos segundos antes de responder.

—No lo sé.

Lo dice con un cansancio que no le había oído nunca y por primera vez tengo la impresión de que esa duda lleva un año acompañándolo, de que tampoco él ha dejado de hacerse esa misma pregunta.

No sé si eso lo hace menos culpable o simplemente más humano.

Recoge las tazas y sale de la habitación.

Me quedo sola con esa respuesta y con algo que ha empezado a crecer en algún sitio que no sé señalar. No es gratitud. No es alivio. Es algo más parecido a una presión, a la sensación de que hay demasiadas cosas dentro de un espacio demasiado pequeño y que en algún momento algo va a ceder.

Miro mis manos sobre la manta.

Quietas.

Siempre tan quietas.