CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
J ulián sube con la merienda y esta vez trae dos tazas.
No dice nada. Deja una delante de mí y se sienta con la otra en la silla de siempre. El gesto es tan simple y tan distinto a todo lo que ha ocurrido en esta habitación durante un año que me quedo mirándolo un momento antes de coger la taza.
—¿Por dónde quieres empezar? —pregunto.
—Por el principio.
Bebe un sorbo. Deja la taza sobre la rodilla y permanece unos segundos mirándola.
—No hubo accidente.
No respondo.
Me quedo quieta. La frase ocupa todo el espacio disponible durante un momento, desplazando cualquier otra cosa.
Llevo semanas sabiendo que algo no cuadraba, que la historia tenía grietas demasiado grandes para ser verdad, pero una cosa es sospechar y otra es escucharlo dicho así, con esa voz tranquila, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Pienso en los recortes de la carpeta azul. En la esquela. En mi nombre impreso bajo una fotografía que nunca existió. Durante semanas he intentado encajar todo aquello. Ahora descubro que el problema era otro: las piezas pertenecían a un puzle distinto.
—Entonces... ¿qué eran los recortes, el certificado y la esquela?
Levanta la vista.
—Lo construí yo —dice, como si le costara admitirlo.
Espero una respuesta, pero Julián no añade nada y la habitación vuelve a quedarse en silencio.
—¿Por qué?
Julián tarda unos segundos en responder.
—Porque necesitaba que dejaran de buscarte.
—¿Hacerme pasar por muerta era la única manera?
—Desaparecer no basta. Siempre queda alguien esperando una llamada. Una mujer muerta deja de buscarse.
Lo dice con esa calma que no abandona nunca, y esa calma es lo más perturbador, que algo así pueda decirse con esa voz .
Pienso en el té. En que está hirviendo. En la distancia entre mi mano y su cara. El pensamiento desaparece antes de que pueda seguirlo y me quedo con la sensación incómoda de no saber de dónde ha venido.
Lo atribuyo a la tensión.
—¿Y Elena?
Esta vez tarda más.
—Murió —dice—. Aquella noche. En la cocina.
No añade nada más. No dice cómo ni por qué ni qué papel tuve yo en eso, aunque los dos sabemos que la respuesta está en algún sitio entre nosotros, en el cuaderno que leí, en los fragmentos que llevo semanas intentando unir sin conseguirlo del todo.
Espero algo más.
No llega.
—¿Qué pasó?
Niega muy despacio con la cabeza.
—Eso no puedo contártelo yo.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Porque necesito saber primero qué recuerdas tú.
Siento un vacío incómodo, como si la pregunta hubiera tocado algo que no sé nombrar. No es que no quiera responderle; es que, de pronto, no sé cómo hacerlo.
—Muy poco.
Asiente como si aquella respuesta confirmara algo que ya esperaba.
—Llegué después. Vi lo que había pasado. Y tomé una decisión.
—¿Traerme aquí?
—Sí.
—¿Y después?
Julián tarda un momento en responder.
—Pedí una excedencia en el hospital. Todo el mundo pensó que necesitaba tiempo después de la muerte de Elena y de la tuya, casi a la vez. Cobré el seguro de vida y desaparecer fue fácil.
Silencio otra vez.
—Me encerraste durante un año.
Julián sostiene mi mirada .
—No. —La respuesta llega tan deprisa que me desconcierta. —Te traté durante un año.
No sé cuál de las dos frases me produce más rechazo.
—Eso no era un tratamiento, ¿verdad?
—Sí lo era.
No hay rabia en su voz, ni necesidad de convencerme; solo la certeza tranquila de quien lleva demasiado tiempo viviendo dentro de una idea.
El té sigue en la bandeja, ya sin vapor. Miro la superficie quieta durante un momento, preguntándome en qué punto exacto deja algo de estar caliente sin que nadie lo note.
—Me mentiste.
—Sí.
—Me drogaste.
Julián no responde.
—¿Lo hiciste?
—Sí.
La palabra cae entre los dos con una facilidad insoportable.
Espero sentir algo grande. Rabia, quizás, o el peso de una traición con nombre propio. Lo que llega es más pequeño y más extraño: la misma quietud de siempre, como si una parte de mí ya lo supiera desde hace tiempo y solo estuviera esperando que él lo dijera en voz alta.
—¿Qué me diste?
Julián baja la vista hacia la taza.
—Lo suficiente para que descansaras.
—No te he preguntado eso.
Levanta los ojos otra vez.
—Lo suficiente para que siguieras aquí.
Siento cómo algo empieza a tensarse dentro de mí.
—¿Seguir aquí... o seguir contigo?
No responde. Por primera vez desde que ha empezado a hablar parece quedarse atrapado en un silencio distinto, más denso que los anteriores, como si la respuesta estuviera ahí pero se negara a salir de su boca.
—¿Sabías que estaba enferma antes de aquella noche? —pregunto.
Julián no responde de inmediato.