Sin Prescripción CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
89%

CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

J ulián baja al pueblo después del desayuno.

Lo oigo desde la cama: las llaves, la puerta, el coche alejándose por el camino de grava. Espero a que el ruido desaparezca del todo. Después me levanto.

No voy al despacho. No voy a buscar nada. Bajo al sótano porque hay algo que necesito hacer antes de que ocurra lo que va a ocurrir esta tarde, y no sé muy bien cómo explicarlo excepto que necesito verla una vez más.

Las escaleras. La puerta. La luz amarilla y escasa.

Las fotos siguen donde siempre. Elena con esa sonrisa que no mira a la cámara, Elena con Julián en el porche de una casa que no reconozco, Elena sola en algún sitio que podría ser cualquier sitio.

Me quedo delante de ellas durante un rato largo, más de lo que había planeado, intentando encontrar algo en esas imágenes que mi memoria pueda reconocer.

No encuentro nada .

O encuentro algo tan pequeño y tan esquivo que no sé si es un recuerdo o simplemente el producto de haberlas mirado tantas veces que mi cabeza ha empezado a construir una historia propia alrededor de ellas.

Una voz. Un gesto. La sensación de haber estado en el mismo sitio que esta mujer en algún momento que no consigo ubicar.

La miro y me pregunto qué pensaría de mí si pudiera verme ahora. Si habría algo en mi cara que reconocería o si yo reconocería algo en la suya, pero no tengo respuesta.

Apago la luz y subo.

Julián está en la cocina cuando llego arriba.

Ha vuelto antes de lo que esperaba o yo he tardado más de lo que creía.

Me mira desde el umbral de la cocina con esa expresión que llevo semanas aprendiendo a leer y que hoy tiene algo diferente, algo más quieto, como si también él hubiera pasado la mañana llegando a algún sitio.

Ninguno de los dos menciona el sótano.