CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
L a puerta sigue entreabierta cuando apago la luz del ordenador.
Me quedo mirándola desde la cama. Es una rendija pequeña, apenas unos centímetros, pero lleva un año siendo una línea que no existía y esta noche existe y eso cambia el peso de todo lo que hay en esta habitación.
No de manera dramática. Solo de la manera silenciosa en que cambian las cosas cuando algo que siempre estuvo cerrado deja de estarlo.
No me levanto.
No porque no pueda. Sino porque me quedo mirando esa rendija y pienso en lo que hay al otro lado, el pasillo, las escaleras, la planta baja, la puerta principal, el camino de grava, el bosque, y algo en ese recorrido mental se detiene antes de llegar al final. No sé dónde. No sé por qué.
Intento dormir, pero no puedo.
La cabeza no para. Va de la conversación de esta tarde al cuaderno, al sótano, a la cocina de azulejos blancos y vuelve a empezar, sin encontrar ningún sitio donde detenerse el tiempo suficiente para que el resto se aquiete.
En algún momento de esa vuelta interminable me acuerdo de Julián durmiendo abajo, o intentando dormir, con el mismo peso encima que lleva un año cargando solo.
Hay algo casi irónico en que los dos estemos en la misma casa sin poder dormir por las mismas razones y sin decírnoslo.
Después pienso en otra cosa.
En lo fácil que sería bajar ahora. No para escapar. Solo para estar en el mismo sitio que él sin que ninguno de los dos tenga que decir nada. El pensamiento tiene una forma que no reconozco del todo, no es compasión exactamente ni tampoco es otra cosa que sepa nombrar. Lo dejo pasar.
Pero vuelve.
Varias veces durante la noche vuelve, con ligeras variaciones, con distintos finales posibles que mi cabeza construye y descarta antes de que lleguen a completarse.
Y cada vez que vuelve hay algo en él que es un poco más oscuro que la vez anterior, un poco menos reconocible como mío, y eso me inquieta de una manera que tampoco sé nombrar del todo.
Lo atribuyo al insomnio.
Cuando la luz empieza a entrar por la rendija de la cortina me doy cuenta de que no he dormido nada.
La puerta sigue entreabierta y yo sigo dentro.
La noche ha pasado sin que ocurriera nada, que es exactamente lo que tenía que pasar y al mismo tiempo la cosa más extraña de todo lo que ha ocurrido en este año.
Me quedo mirando el techo esperando a que empiece el ruido de la cafetera.