Sin Prescripción CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

L a mañana pasa despacio.

Julián sube con la comida a la una, recoge y pregunta si necesito algo.

Le digo que no. Se va sin quedarse más de lo habitual y yo paso la tarde sentada junto a la ventana mirando el jardín sin verlo del todo, con la cabeza en otro sitio, ordenando y reordenando lo que sé y lo que voy a decir cuando vuelva.

Cuando sube con la merienda, el té y unas galletas, se sienta sin que yo se lo pida.

Eso también es nuevo.

—Julián —digo antes de que empiece a hablar de cualquier otra cosa.

Me mira.

—He estado en el sótano.

El silencio que sigue es el de alguien que llevaba tiempo esperando escuchar eso y necesita un momento para decidir qué hacer con ello.

Julián no se mueve. No aparta la vista. No cambia de expresión de una manera que pueda describirse con precisión, pero algo en él se asienta, como si una tensión que llevaba días acumulándose encontrara por fin un lugar donde ir.

—Lo sé —dice.

—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?

—Desde la primera vez.

Lo dice sin acusación. Sin rabia. Con esa voz tranquila que tiene para las cosas que ya ha procesado solo y que ahora simplemente constata en voz alta.

Pienso en las cuatro bajadas. En la foto que dejó sobre la mesilla sin decir nada.

Y entiendo que Julián ha estado sabiendo todo este tiempo y dejándome seguir, igual que yo he estado sabiendo cosas y dejándole seguir a él, y que los dos hemos estado viviendo en esta casa con una capa de fingimiento encima que esta tarde, en este momento, acaba de desaparecer.

—¿Leíste el cuaderno? —pregunta.

—Sí.

—¿Y la carpeta?

—También.

Asiente muy despacio. Se queda mirando sus manos un momento antes de volver a mirarme .

—¿Cuánto recuerdas? De aquella noche.

Llevo días esperando esa pregunta. Y sin embargo ahora que está aquí, en el aire entre los dos, me doy cuenta de que no tengo una respuesta limpia que darle.

Tengo fragmentos. Tengo la cocina de azulejos blancos y la ventana y mis manos sobre el mármol y una voz que no consigo descifrar del todo.

Tengo la certeza de que estuve allí y la certeza de que algo ocurrió y la incapacidad de unir esas dos certezas con algo concreto en el medio.

—No mucho —digo—. Imágenes sueltas. Nada completo.

Julián asiente de nuevo, con esa misma lentitud de antes.

—¿Y lo que leíste en el cuaderno?

—Me ayudó a entender algunas cosas —digo—. No todas.

Hay un momento en que pienso en pedirle que me lo cuente todo. Ahora, sin pausas ni palabras elegidas. Pero el impulso pasa antes de que llegue a convertirse en algo y lo dejo ir.

Julián recoge la taza vacía y la deja sobre la bandeja.

—Clara —dice.

—Dime.

—Hay cosas que tenemos que hablar. Cosas que llevan un año sin decirse.

—Lo sé.

—¿Estás preparada?

La pregunta me resulta extraña viniendo de él.

Llevo un año en esta habitación sin que nadie me haya preguntado si estaba preparada para nada.

Julián ha decidido siempre por mí, las pastillas, la comida, el aire que entra por la ventana, la cantidad de luz que necesito cada mañana. Y ahora me pregunta si estoy preparada.

No sé si eso es un cambio o simplemente otra forma de control que todavía no sé leer.

—Sí —digo.

Se levanta. Recoge la bandeja con el mismo cuidado de siempre.

Llega a la puerta y se detiene, pero esta vez no hay pausa teatral ni frase a medio terminar.

Simplemente deja la puerta entreabierta al salir, por primera vez en un año, y sus pasos se alejan por el pasillo sin que ninguno de los dos diga nada más.

Me quedo mirando esa rendija de luz que entra por la puerta y pienso en que podría levantarme ahora mismo y empujarla.

Que el pasillo está al otro lado y las escaleras después y la planta baja después y la puerta principal después.

El pensamiento tiene una nitidez que me incomoda sin saber por qué. Lo dejo pasar.