CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
J ulián sube con el desayuno y esta vez no se sienta enseguida.
Deja la bandeja, abre el pastillero, me coloca las pastillas en la mano con el mismo gesto de siempre. Me las llevo a la boca, bebo el sorbo de té, muevo la lengua con el cuidado que he aprendido estas semanas. La cápsula queda atrapada entre la mejilla y la muela del juicio, igual que cada mañana.
Julián recoge el plato.
Pero no se va.
Se sienta en la silla con esa postura de quien ha decidido quedarse, con las manos juntas sobre las rodillas mirando algún punto entre la ventana y el suelo, y yo noto inmediatamente el problema.
La cápsula lleva su tiempo. Si Julián permanece aquí demasiado rato, se disolverá antes de que pueda escupirla, y con ella todo lo que he recuperado estas semanas, la claridad, los fragmentos, la capacidad de pensar con algo parecido a la coherencia. Volvería a empezar desde cero.
No puede quedarse demasiado tiempo.
Pero se queda.
Trago saliva con cuidado, intentando que el gesto parezca normal, y calculo en silencio mientras espero a que empiece a hablar.
—Era muy cabezota —dice al fin.
No me mira mientras lo dice. Lo dice hacia ese punto entre la ventana y el suelo, como si las palabras fueran más fáciles de pronunciar si no van dirigidas a ningún sitio concreto.
—Desde pequeña. Se le metía algo en la cabeza y no había manera. Mi madre decía que había salido a mi padre, pero yo creo que era suyo, que lo había desarrollado ella sola con los años hasta convertirlo en algo propio.
Se calla un momento.
—Le daban miedo los perros. Todos, sin excepción, desde el más pequeño hasta el más inofensivo. Era incapaz de explicar por qué y eso la irritaba mucho, porque era de las personas que necesitan tener una razón para todo.
Algo en eso me resulta familiar, aunque no sé si es un recuerdo o simplemente el tipo de detalle que resuena porque describe a alguien que podría haber conocido.
La cápsula sigue ahí, entre la mejilla y la muela, y yo sigo calculando cuánto tiempo me queda antes de que el problema se vuelva irreversible.
—¿Cómo era con la gente? —pregunto, en parte porque necesito saberlo y en parte porque necesito que siga hablando para poder medir el tiempo .
Julián levanta la vista. Me mira un momento antes de responder.
—Intensa —dice—. De las que no dejan indiferente a nadie. O la querías mucho o te resultaba insoportable y no había mucho espacio entre las dos cosas.
Hace una pausa.
—Conmigo siempre fue la primera. Aunque hubiera temporadas en que ninguno de los dos lo hacía demasiado fácil.
Hay algo en cómo lo dice que me hace pensar que esas temporadas no eran infrecuentes. Que la relación entre ellos tenía la clase de tensión que solo existe entre personas que se conocen demasiado bien para fingir que todo está bien cuando no lo está.
—¿Os peleabais? —pregunto.
—Todo el tiempo —dice, y por primera vez en la conversación hay algo parecido a una sonrisa, breve, sin alegría, del tipo que aparece cuando un recuerdo doloroso trae consigo algo que también fue bueno—.
Pero era de esas peleas que no dejan poso.
Empezaban y se terminaban. No arrastrábamos las cosas.
Se queda en silencio un momento.
—Hasta que empezamos a arrastrarlas.
No pregunto cuándo. No hace falta. Hay una cronología implícita en todo lo que Julián no está diciendo, una historia que empieza mucho antes de esta casa y de este año y de mí, y que termina de una manera que ninguno de los dos puede nombrar todavía en voz alta.
En algún momento, mientras lo escucho y vigilo la cápsula y mido el tiempo, me viene un pensamiento que no busco.
Es sobre la ventana. Sobre lo fácil que sería abrirla del todo.
No sé a qué viene ni qué haría después. El pensamiento desaparece antes de que pueda seguirlo y me quedo con la sensación extraña de haber estado a punto de ir a algún sitio sin saber adónde.
Lo atribuyo al cansancio.
—¿La echas de menos? —pregunto.
Julián me mira durante un momento largo. Después baja la vista hacia sus manos.
—Todos los días —dice.
Lo dice con una sencillez que no tiene nada de teatral. Sin buscar compasión ni comprensión. Solo como un hecho que existe y que seguirá existiendo independientemente de lo que cualquiera piense al respecto.
Se levanta por fin.
Recoge la bandeja despacio y yo espero a que llegue a la puerta, a que se gire o no se gire, a que diga algo o no diga nada, mientras cuento los segundos que me quedan antes de que todo lo que he ganado estas semanas empiece a deshacerse igual que la cápsula.
En la puerta se detiene y se gira. Me mira desde el umbral .
—Clara —dice.
—Dime.
—Mañana, si quieres, podemos seguir hablando.
—De acuerdo —digo.
Sale.
En cuanto sus pasos desaparecen por el pasillo me acerco al tubo de la calefacción y escupo lo que queda de la cápsula.
No es mucho. Menos de lo que me gustaría.
Me quedo mirándolo y pienso que el margen se estrecha cada día, que Julián cada vez se queda más tiempo, que en algún momento una de estas mañanas no voy a llegar a tiempo.
Tengo que resolver esto antes de que eso ocurra.