Sin Prescripción CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
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CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

P aso la mañana mirando la foto.

No todo el tiempo, no de manera obsesiva. La dejo sobre la mesilla y cada vez que levanto la vista está ahí, con esas dos mujeres delante de esta casa, con esa expresión en mi cara que sigo sin poder leer del todo. A veces pienso que si la miro suficiente tiempo voy a recordar algo. No ocurre.

Lo que sí ocurre es que cada vez que la miro pienso en el cuaderno.

En la entrada que no he conseguido quitarme de la cabeza.

En que Julián llegó y encontró lo que encontró y tomó una decisión.

Y pienso también en que yo estaba allí, en que algo pasó antes de que él llegara, algo que mi memoria ha decidido no conservar.

No pudo ser algo que yo quisiera hacer.

No funciono así. O no funcionaba así. No soy capaz de imaginarme haciendo daño a alguien de manera deliberada, no cuando intento colocarme en esa cocina con esa mujer delante de mí. Hay personas que son capaces de eso y yo no soy una de ellas. Nunca lo he sido.

Algo salió mal. Eso es todo.

Cuando Julián sube con la comida me encuentra sentada en el borde de la cama con la foto en la mano.

Se detiene al verme y hay en su cara ese instante de cálculo que he aprendido a reconocer, ese momento en que decide exactamente qué expresión va a usar antes de cruzar el umbral.

Después entra, deja la bandeja, se sienta.

No menciona la foto.

Yo tampoco, todavía.

Comemos en silencio. En algún momento Julián se levanta a cerrar la ventana que yo había abierto esta mañana, sin preguntarme si tengo frío, sin mirarme mientras lo hace.

Un gesto pequeño que en otro contexto no significaría nada y que aquí, en esta habitación donde cada movimiento suyo lleva un año siendo una decisión sobre lo que puedo o no puedo tener, lo dice todo.

Siempre cierra lo que yo abro.

Al final soy yo quien habla.

—¿Cómo se llamaba?

Julián deja el tenedor sobre el plato con mucho cuidado. No levanta la vista.

—¿Quién?

—La mujer de las fotos .

El silencio que sigue dura demasiado. Julián permanece inmóvil con los ojos fijos en algún punto de la bandeja y yo lo observo y pienso en lo extraño que resulta llevar un año con alguien en la misma casa sin saber casi nada de él.

Sin saber qué piensa cuando cree que no lo miro.

Sin saber qué hay debajo de esa paciencia que nunca se agota y que a veces, solo a veces, me parece menos una virtud que una forma de control que no tiene nombre.

Hay un momento en que me pregunto qué pasaría si intentara salir ahora mismo por esa puerta.

Si llegaría al pasillo antes de que se levantara.

El pensamiento aparece y desaparece tan rápido que casi no lo registro.

Lo atribuyo al encierro, a los meses sin salir, a la manera en que la cabeza empieza a funcionar cuando lleva demasiado tiempo en el mismo sitio.

—Elena —dice Julián al fin.

Lo dice en voz baja, como si el nombre costara pronunciarlo.

Elena.

La mujer de las fotos del sótano tiene ahora un nombre. La de la sonrisa que no mira a la cámara. La que aparece en el cuaderno sin ser nombrada nunca, solo referida con esa familiaridad que no necesita presentación.

—¿Era tu hermana? —pregunto.

Julián levanta la vista. Me mira durante un momento con una expresión que no había visto hasta ahora, algo entre el agotamiento y algo más difícil de nombrar, algo que no termina de encajar con la imagen del hombre que sube bandejas y dobla servilletas y cierra ventanas que yo abro.

—Sí —dice.

Recoge la bandeja. En la puerta se detiene sin volverse.

—Clara.

—Dime.

—¿Recuerdas algo de ella?

Pienso en los fragmentos. En la cocina. En la voz que no consigo descifrar. En mis propias manos quietas sobre el mármol gris. Manos que no habrían hecho daño a nadie queriendo. Estoy segura de eso. Tengo que estarlo.

—Casi nada —digo.

—Ya —dice él.

Y sale.

Me quedo mirando la puerta cerrada y después la foto.

Elena sonríe hacia algún sitio que queda fuera del encuadre.

Yo la miro a ella. Y pienso que hay cosas que no pueden haber ocurrido de la manera en que el cuaderno de Julián sugiere que ocurrieron, porque si hubieran ocurrido así yo no sería la persona que creo ser.

Y eso no puede ser.