CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
J ulián se detiene en el umbral.
No es un movimiento brusco ni una reacción visible. Es solo una fracción de segundo en la que su cuerpo procesa algo antes de que su cara decida qué hacer con ello. Después entra, deja la bandeja sobre la mesilla con el mismo cuidado de siempre y se sienta en la silla.
Me mira.
Le sostengo la mirada desde la ventana, de pie, con la luz detrás, y durante un momento ninguno de los dos dice nada.
No es el silencio incómodo de otras veces, ese silencio lleno de cosas que ninguno se atrevía a nombrar.
Es otro tipo de silencio. Más limpio. Como el que hay entre dos personas que han dejado de fingir que no saben lo que saben.
—¿Has dormido? —pregunta al fin.
—No.
Asiente despacio, como si la respuesta confirmara algo que ya había calculado antes de subir las escaleras.
Me acerco a la cama y me siento. Él observa cada movimiento con esa atención que lleva un año dirigiendo hacia mí, pero hoy tiene una textura distinta. No es la vigilancia del cuidador ni la precaución de alguien que teme que algo se rompa. Es algo más parecido a la espera.
Desayuno despacio. Él no habla del tiempo ni de lo que ha visto en la televisión.
Yo no pregunto si va a bajar al pueblo. Hablamos de cosas pequeñas, intrascendentes, y sin embargo cada frase tiene un peso distinto al de otras mañanas porque ninguno de los dos está poniendo toda la atención en lo que dice, sino en lo que escucha.
En algún momento, mientras Julián dobla la servilleta con esa meticulosidad de siempre, me viene un pensamiento.
No sé de dónde sale ni a qué responde. Solo sé que está ahí un instante, nítido y frío, antes de que decida no seguirlo.
Lo atribuyo al cansancio, a la noche sin dormir, a todo lo que llevo semanas acumulando sin ningún sitio donde dejarlo.
Lo dejo pasar.
Julián levanta la vista y me mira un momento antes de seguir recogiendo.
—¿Estás bien?
—Sí —digo .
Cuando termina de recoger la bandeja hace algo que no ha hecho nunca en un año. Antes de cogerla saca algo del bolsillo y lo deja sobre la mesilla sin decir nada. Sin explicación. Sin mirarme mientras lo hace.
Una fotografía.
Coge la bandeja y se dirige hacia la puerta.
—Julián —digo.
Se detiene pero no se gira.
—El desayuno estaba bien —digo.
Hay una pausa brevísima.
—Me alegra —dice.
Y sale.
Me quedo mirando la fotografía sobre la mesilla. La cojo despacio y la acerco a la luz de la ventana.
Somos dos mujeres. Una soy yo, aunque apenas me reconozco, con una expresión que no consigo identificar como mía.
La otra es la mujer de las fotos del sótano, la de la sonrisa que no mira a la cámara.
Pero en esta foto sí mira. Me mira a mí.
Y yo la miro a ella. Y entre las dos hay algo que no sé si es tensión o complicidad o las dos cosas mezcladas de una manera que no consigo separar .
Detrás de nosotras está esta casa.
Esta casa.
No la de los azulejos blancos que aparece en mis fragmentos de memoria. Esta, con esta fachada, con estos árboles, con este camino de grava que nunca he recorrido sola porque llevo un año creyendo que nunca había estado aquí antes.
La foto tiembla levemente entre mis dedos.
No recuerdo haber estado aquí. No recuerdo a esa mujer fuera del sótano y de los fragmentos que me llegan sin contexto. No recuerdo haber mirado a nadie con esa expresión que tengo en esta imagen y que no sé cómo llamar.
Pero la foto dice que sí.
Y si estuve aquí antes, si la conocía, si había algo entre nosotras que va más allá de lo que el cuaderno de Julián me ha contado, entonces los agujeros de mi memoria no son solo los que la medicación ha abierto este año.
Son anteriores.
Y eso significa que no sé cuánto de lo que creo recordar es real y cuánto es simplemente lo que mi cabeza ha decidido conservar.
Me siento en el borde de la cama con la foto en la mano y por primera vez en semanas el miedo no tiene la cara de Julián.
Tiene la mía.