Sin Prescripción CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
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CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

N o sé en qué momento dejo de tener miedo.

No es una decisión. Es algo más parecido a lo que ocurre cuando llevas tanto tiempo cargando algo que en algún punto el peso deja de notarse, no porque haya desaparecido sino porque ya forma parte de ti de una manera que no distingues del resto.

La noche pasa sin que duerma, pero el insomnio de esta noche no se parece al de otras veces, ese estado de alerta tensa en el que cada sonido de la casa se convierte en una señal posible.

Esta vez es otra cosa. Más quieto. Como si la cabeza hubiera encontrado por fin el suelo después de semanas cayendo.

Llevo un año sin saber qué estoy haciendo aquí. Esta mañana creo saberlo, aunque no estoy segura de que creer sea suficiente.

Me incorporo sola, sin apoyarme en el cabecero, sin buscar el borde del colchón con las manos primero. Las piernas responden con una solidez que hace unos meses habría celebrado y que ahora simplemente uso. Me siento en el borde de la cama y miro la habitación .

El cajón de la mesilla. El ordenador sobre el escritorio. La ventana con la rendija de siempre. Todo exactamente igual que cada mañana desde hace un año, y sin embargo esta mañana ninguna de esas cosas ocupa el mismo lugar dentro de mí que ayer.

Abajo empieza el ruido de la cafetera.

Me quedo escuchándolo mientras pienso en lo que voy a hacer cuando Julián entre por esa puerta.

No en lo que voy a decir, que todavía no lo sé con exactitud, sino en cómo voy a mirarlo.

Porque hasta ahora he estado mirándolo de dos maneras distintas según el día, con miedo o con esa frialdad nueva que apareció hace unas semanas, y ninguna de las dos era la correcta.

Ninguna me daba lo que necesito: que hable.

No una confesión ni una explicación ordenada de algo sin ella.

Solo algo nuevo, algo distinto a todo lo callado este año.

Porque hay una entrada del cuaderno que no consigo quitarme de la cabeza.

«Hay días en que consigo odiarla. Es lo único que me permite seguir haciendo esto.»

Julián escribió eso sobre mí. Y sin embargo lleva un año entrando en esta habitación con una bandeja, una sonrisa cansada y una paciencia que no se agota nunca.

Esas cosas no encajan, y la única manera de entender por qué no encajan es dejar de intentar resolverlo sola y empezar a mirarlo de frente.

Me levanto.

Camino hasta la ventana y descorro la cortina del todo por primera vez, no la rendija habitual sino del todo, dejando que la luz entre completa.

El jardín está quieto, la hierba húmeda de rocío, el banco de madera junto al árbol inmóvil en la mañana sin viento.

El bosque empieza donde termina la hierba sin ningún límite visible.

Llevo un año mirando ese jardín desde esta ventana.

Hoy lo veo de otra manera, no como el borde de una jaula sino como un sitio que existe al otro lado de algo que todavía no sé cómo cruzar. Esa diferencia es pequeña y al mismo tiempo lo cambia todo.

Escucho los pasos en las escaleras.

Tres escalones, la pequeña pausa del cuarto, los otros nueve.

Me doy la vuelta antes de que la puerta se abra y me quedo de pie junto a la ventana con la luz detrás, esperando.