Sin Prescripción CAPÍTULO CUARENTA
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CAPÍTULO CUARENTA

N o duermo.

Me incorporo cuando la casa lleva un rato en silencio y abro el ordenador. La pantalla ilumina la habitación con esa claridad fría de siempre y me quedo un momento mirando el cursor parpadeando sobre la página en blanco, como si necesitara tomar aire antes de empezar.

Esta vez no voy a escribir fragmentos.

Escribo despacio, eligiendo cada palabra, comprobando que lo que queda en la pantalla coincide con lo que recuerdo y no con lo que querría recordar. No siempre es fácil distinguirlos.

«El accidente. La medicación. El cajón. El teléfono.

Carmen, que dejó de escribir. La foto del restaurante.

Las ocho palabras enviadas a las 23.47. La llamada al 112 que no llegó a ningún sitio porque no sé dónde estoy.

El sótano. Las fotos de una mujer que sonríe hacia otro lado.

El cuaderno con la letra ordenada de Julián.

Ella estaba en el suelo de la cocina. Clara seguía allí.

Tardé unos segundos en comprender que una respiraba y la otra no».

Me detengo.

Releo esa última frase.

Es la entrada del cuaderno que más veces he repasado desde que la leí, la que más claramente señala en una dirección.

Y sin embargo hay algo en ella que no termina de encajar del todo, algo que noto cada vez que la leo como se nota una nota falsa en una melodía conocida, sin poder señalar exactamente dónde está el error.

Julián llegó después.

Eso es lo que dice. Que llegó y encontró lo que encontró y tomó una decisión.

Pero hay un hueco entre lo que ocurrió antes de que él llegara y lo que yo recuerdo, o creo recordar, o intuyo que recuerdo.

Un espacio que la medicación ha mantenido cerrado durante un año y que ahora, con menos niebla, empieza a tener bordes sin tener todavía forma.

Sé que estuve allí.

No sé qué hice .

Es mentira. Hay algo. No consigo alcanzarlo. Pero sé que no estoy buscando en el sitio equivocado.

Y esa diferencia, que debería ser pequeña, que debería ser el último paso antes de entenderlo todo, esta noche me parece tan grande como todo lo demás junto.

Sigo escribiendo. El diario crece hacia abajo, ordenado, completo, sin frases cortadas ni palabras repetidas.

Escribo lo que sé y lo que no sé y lo que creo saber y lo que temo saber, y cuando termino me quedo mirando la pantalla durante un rato largo sin leerla, como si el acto de escribirlo fuera suficiente y el contenido pudiera esperar.

Fuera empieza a clarear muy despacio. Guardo el archivo, cierro el ordenador y me tumbo con esa sensación particular de quien ha vaciado algo que llevaba demasiado tiempo lleno.

La habitación está en esa oscuridad particular de las últimas horas de la noche, cuando la luz todavía no ha decidido si va a llegar o no. El mirlo no ha empezado a cantar todavía. La casa está completamente en silencio.

Extiendo la mano derecha sobre la manta y muevo los dedos despacio.

El pulgar. El índice. El corazón. El anular. El meñique.

Hoy obedecen.

Me pregunto si mañana también lo harán.