Sin Prescripción CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

J ulián sube la cena más tarde de lo habitual.

No dice nada cuando entra. Deja la bandeja sobre la mesilla con el mismo cuidado de siempre, el mismo orden, la misma precisión. Pero hay algo en cómo se mueve por la habitación que esta noche es distinto. No en los gestos, que son exactamente los de siempre. En el silencio que los rodea.

Se sienta en la silla y yo empiezo a comer sin decir nada.

Durante un rato solo se oye el ruido de los cubiertos y el viento contra la ventana.

Julián no habla del tiempo ni de lo que ha visto en la televisión ni de si mañana va a llover.

Se queda con las manos juntas sobre las rodillas mirando algún punto entre la bandeja y la ventana, como si la habitación le resultara de repente difícil de sostener con la vista.

Entonces lo veo.

En la manga izquierda de su jersey hay una mancha grisácea, pequeña, del tipo que deja el polvo cuando rozas algo sin darte cuenta.

El sótano huele a humedad y a cartón viejo y las paredes están cubiertas de esa capa fina que se acumula en los sitios donde el aire no circula.

Julián es demasiado meticuloso para llegar a cenar con la ropa sucia si hubiera tenido tiempo de cambiarse.

No ha tenido tiempo.

Ha bajado al sótano después de mí.

Durante un instante estoy a punto de sonreír. No llego a hacerlo. La idea desaparece tan deprisa como ha venido.

Sigo comiendo sin decir nada.

Él sigue sin hablar.

Y ahí está, en ese silencio que ninguno de los dos rompe, la confirmación de todo.

Si no lo supiera, preguntaría. Si no estuviera seguro, dudaría.

Pero Julián no pregunta ni duda. Se queda quieto en la silla con esa paciencia que nunca se agota y espera, igual que lleva un año esperando, a que yo haga el siguiente movimiento.

Cuando termino, recoge la bandeja con el mismo cuidado de siempre.

—Buenas noches —dice desde la puerta.

—Buenas noches —digo yo.

La puerta se cierra.

Me quedo mirándola en la oscuridad y entonces llega el pensamiento que llevaba toda la cena sin querer formular.

Si Julián sabe que he estado en el sótano y no ha dicho nada, no es porque no sepa qué hacer.

Lleva tiempo sabiéndolo. Todo este año, las bandejas, las pastillas, esta habitación, no era para que yo no recordara.

Era para que recordara en el momento que él eligiera.

Y parece que ya ha elegido.