CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
C atorce meses antes.
Hay semanas que no dejan huella. Esta era una de ellas, o eso creía yo entonces.
Julián llegó tarde, como casi siempre ese mes. Lo oí aparcar y conté los segundos que tardaba en entrar, un hábito que había desarrollado sin darme cuenta y que nunca le había mencionado. Doce segundos. A veces catorce. Nunca más de veinte.
—¿Has cenado? —preguntó desde el pasillo.
—Estaba esperándote.
Mentira a medias. No era la cena lo que me tenía pendiente de su llegada, sino esa tensión particular que llevaba semanas trayendo a casa sin nombrarla, esa manera de dejar las llaves sobre el mueble de la entrada con más fuerza de la necesaria.
Esa noche no la traía.
Cenamos con la televisión de fondo, algo que ninguno de los dos veía del todo.
Hablamos de cosas sin importancia, del fontanero que había que llamar, de un viaje que llevábamos meses aplazando.
La clase de conversación que no deja rastro.
Julián fregó los platos, yo sequé, y hubo un momento en que los dos estuvimos en silencio en la cocina pequeña de azulejos blancos y el silencio no pesaba nada.
Eso también lo recuerdo. Que entonces el silencio no pesaba.
La nena llamó mientras recogíamos. Julián miró el nombre en la pantalla antes de cogerlo, ese medio segundo de pausa que yo ya había aprendido a leer como algo, aunque todavía no supiera exactamente qué.
Habló con ella desde el salón, con la puerta entornada, con esa voz que usaba cuando quería que la conversación pareciera normal sin serlo.
Siempre hacía lo mismo. Alargaba un poco las vocales cuando fingía que no pasaba nada.
Cuando volvió a la cocina no dije nada.
Él tampoco.
Eso también era un hábito que habíamos desarrollado sin nombrarlo. Un territorio al que ninguno de los dos entraba todavía, no porque fuera demasiado grande sino porque los dos sabíamos que una vez dentro ya no habría manera de fingir que no lo habíamos cruzado.
Me fui a la cama antes que él. Escuché cómo apagaba las luces, el orden de siempre, el salón primero, después la cocina, después el pasillo. Doce años juntos tienen esa clase de geografía propia .
Cuando se tumbó a mi lado y la oscuridad quedó completa, pensé que tendría que haber dicho algo. No sé qué. Algo que abriera esa puerta que los dos llevábamos semanas rodeando.
No lo hice.
Él tampoco .
Y al día siguiente todo siguió igual, que es la manera más silenciosa en que las cosas empiezan a no seguir igual.