CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
N o consigo levantarme de la cama, pero no es cansancio.
Es otra cosa. Como si todo lo que he leído abajo siguiera aquí dentro, ocupando el aire, cambiando la forma en que encaja cada pensamiento con el siguiente.
Me quedo mirando el techo sin verlo, con frases sueltas del cuaderno volviendo sin permiso, como si no hubieran terminado de irse con el resto de lo que he cerrado al salir del sótano.
La mujer de las fotos.
Y la manera en que Julián escribe sobre ella no tiene nada de repentino.
No hay el temblor que uno esperaría encontrar en alguien que ha perdido a alguien de golpe.
No hay hueco inmediato ni ruptura clara.
Hay otra cosa. Una continuidad. Como si la ausencia no hubiera cortado nada, solo hubiera cambiado la forma en que todo sigue.
La casa, él, el tiempo .
Un año entero escrito con la misma letra ordenada.
Las bandejas siempre a la misma hora. Las pastillas en la misma mano. El mismo recorrido por las habitaciones sin dejar rastro de que alguien haya pasado por ellas. No hay improvisación en nada de eso. Ni urgencia. Ni error reciente que corrija el siguiente paso.
Solo repetición, y eso es lo que no encaja.
Me dio por muerta.
La frase aparece sin que la busque. No suena exagerada aquí dentro. Suena casi exacta. Como si describiera algo que puede hacerse sin violencia visible, sin un momento concreto en el que todo cambia, sin que nadie tenga que decidirlo dos veces.
No consigo enfadarme. Busco la rabia un momento. No aparece. Lo único que encuentro es otra cosa. Una curiosidad tranquila que no sé de dónde sale.
Me incorporo un poco y apoyo la espalda contra la pared.
Siento la madera a través de la ropa y pienso en lo fácil que sería confundir cuidado con otra cosa cuando no hay nada fuera que lo contradiga.
En lo estrecho que puede volverse el mundo cuando una sola persona decide lo que significa cada gesto.
No me ha traído aquí para que esto termine, y sin embargo no hay en ello ninguna sensación de urgencia ni de error, ni nada que pueda deshacerse como si hubiera sido un accidente, solo esta forma de seguir que no necesita justificarse.
Me quedo con esa idea más tiempo del que me gustaría, como si la palabra se quedara enganchada en algún sitio que no sé señalar del todo: continuidad.
No como una conclusión, sino como algo más simple y más incómodo, la certeza de que no existe un antes y un después bien separados, sino una sola cosa que ha seguido funcionando incluso cuando ya no debería.
La casa sigue en silencio y por primera vez no sé si ese silencio significa que todo está bajo control o exactamente lo contrario, como si ambas cosas pudieran ser ciertas al mismo tiempo sin necesidad de excluirse, sin que nadie tenga que decidir entre una y otra.