CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
N o sé cuánto tiempo pasa.
Podrían haber sido diez minutos o dos horas.
Debajo de la manta el tiempo vuelve a parecerse al de los primeros meses, cuando el día no era más que una sucesión de ruidos al otro lado de la puerta: el canto del mirlo, las tuberías, la calefacción arrancando, el coche alejándose por el camino de grava y regresando más tarde.
Todo aquello que antes utilizaba para medir las horas vuelve a rodearme con una familiaridad que había olvidado.
Esta vez no me incorporo cuando oigo el coche.
Permanezco inmóvil, escuchando cómo la puerta principal se abre y se cierra, cómo Julián deja las llaves sobre el mueble de la entrada y cómo sus pasos cruzan la planta baja con esa cadencia tranquila que sería capaz de reconocer entre cien personas distintas.
Después empiezan a subir la escalera. Los peldaños crujen siempre en el mismo orden.
Podría dibujar su recorrido con los ojos cerrados.
La puerta de mi habitación se abre despacio .
No aparto la manta.
Escucho la bandeja apoyarse sobre la mesilla con el cuidado de siempre.
El roce de la porcelana contra la madera.
El vaso de agua. El leve chasquido del pastillero al abrirse.
Durante un instante todo sucede exactamente igual que cualquier otra mañana y casi resulta posible creer que nada ha cambiado.
Pero ha cambiado todo.
Después de dejar la bandeja, Julián no dice nada.
Yo tampoco.
El silencio se instala entre los dos con una densidad desconocida. No tiene la incomodidad de una discusión ni la calma de una costumbre compartida. Es otra cosa. Un espacio lleno de palabras que ninguno de los dos puede pronunciar todavía.
No necesito verlo para saber que sigue sentado en la silla de siempre.
Esperando.
Durante un año habría bastado con que dijera mi nombre para que apartara la manta y lo mirara. Hoy no lo hace. Y yo descubro, con una certeza que me resulta casi tan extraña como todo lo demás, que tampoco habría respondido aunque lo hubiera hecho.
Poco a poco el olor del té llega hasta mí, amortiguado por la tela que me cubre la cabeza.
Al cabo de un rato deja de ser tan intenso.
Imagino el hilo de vapor deshaciéndose sobre la bandeja mientras el desayuno se enfría entre nosotros y me doy cuenta de que el tiempo vuelve a pasar porque las cosas dejan de estar calientes, no porque ocurra nada.
No sé cuánto permanece allí.
Solo sé que, en algún momento, la silla cruje.
Pienso que va a marcharse, pero en lugar de dirigirse a la puerta se acerca a la cama. El colchón cede apenas un poco junto a mi cabeza y, un instante después, noto el peso de una mano apoyándose sobre la manta, justo donde estaría mi pelo.
No intenta apartarla.
No me acaricia.
Solo deja la mano quieta durante unos segundos, como si ese gesto bastara para decir algo que ya no sabe expresar de otra manera.
Cuando al fin la retira, tarda todavía un momento en alejarse. La puerta vuelve a abrirse y se cierra con la misma suavidad con la que había entrado.
Espero hasta dejar de oír sus pasos antes de descubrirme la cara para tomar aire.
La bandeja sigue sobre la mesilla. El té ya no echa humo. Las pastillas continúan alineadas junto al vaso de agua, exactamente igual que todas las mañanas.
Las miro durante un momento sin moverme .
Y, por primera vez desde que desperté en esta casa, no sé cuál de los dos acaba de quedarse más solo.