CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
S ubo las escaleras mucho más despacio que otras veces. Las piernas vuelven a temblarme antes de llegar arriba, pero apenas les presto atención. El esfuerzo ya no está ahí. Está en otra parte, en un lugar para el que todavía no encuentro un nombre.
Cierro la puerta de la habitación y permanezco unos segundos apoyada contra la madera, respirando despacio.
Todo sigue exactamente igual que cuando bajé al sótano.
La cama deshecha. La ventana entreabierta.
El portátil sobre el escritorio. El sillón junto a la ventana.
La misma habitación de siempre, intacta, como si el mundo hubiera decidido esperarme mientras yo descubría que ya no era la misma persona que había bajado aquellas escaleras.
Me siento en el borde de la cama y, después de un momento, me tumbo sin desvestirme siquiera. Tiro de la manta hasta cubrirme por completo, igual que hacen los niños cuando creen que dejar de mirar basta para que las cosas desaparezcan.
No desaparecen .
Al otro lado de la tela sigue llegando el canto del mirlo.
También el rumor del viento contra los árboles y el crujido de la casa acomodándose sobre sus propios cimientos.
Todo continúa igual. Solo hay una diferencia.
Hasta esta mañana llevaba semanas intentando recordar qué había ocurrido antes de despertar aquí.
Ahora ya no necesito recordarlo para saber que ocurrió.
Ella está muerta.
Yo estaba allí.
Y Julián lleva un año viviendo con las dos cosas.
Cierro los ojos con fuerza, como si todavía pudiera impedir que esa certeza terminara de instalarse dentro de mí, pero ya es demasiado tarde. No recuerdo cómo ocurrió. No recuerdo mis propias manos. No recuerdo una sola imagen completa de aquella noche.
Quizá fue un accidente. Quizá yo solo estaba allí, quieta, viendo cómo ocurría sin poder impedirlo.
Quizá fue Julián, y todo esto es una manera enrevesada de protegerse a sí mismo.
Quizá fue alguien más, alguien que ninguno de los dos ha mencionado todavía, y Julián y yo somos, cada uno por su lado, dos personas que decidieron cargar con la culpa de un tercero.
Cada versión dura exactamente lo que tarda en formarse. Ninguna resiste el peso de lo que ya sé.
Porque ninguna versión inocente explica que fuera yo quien desapareciera. Si la muerta era ella, mi nombre debería figurar como el de una testigo, no como el de una difunta. A los testigos se los interroga. A mí, alguien decidió borrarme del todo.
Por primera vez desde que desperté en esta casa, hay algo que ya no admite discusión.
Maté a alguien.
Después dejo de pensar.
Permanezco inmóvil bajo la manta hasta que el tiempo vuelve a dejar de significar nada.