CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
E l martes siguiente bajo al sótano sin detenerme una sola vez.
No porque el cuerpo haya dejado de protestar. Protesta igual que siempre. Las piernas siguen temblándome en los últimos peldaños y el corazón vuelve a latir demasiado deprisa para un esfuerzo tan pequeño. La diferencia es otra. Antes cada escalón era una decisión. Ahora ya no.
La puerta continúa igual que el viernes anterior.
La cierro con cuidado detrás de mí y enciendo la luz.
El sótano sigue oliendo a humedad, a cartón viejo y a ese perfume indefinible que llevan las habitaciones donde el tiempo parece haberse detenido. Las cajas continúan apiladas contra la pared exactamente igual que las recuerdo. También las fotografías .
Paso junto a ellas sin detenerme.
La mujer de pelo oscuro sigue sonriendo hacia algún lugar que queda fuera del encuadre.
En una de las imágenes Julián le está diciendo algo al oído.
Ella se ríe antes incluso de escucharlo entero.
En otra aparecen los dos sentados en el porche de una casa que no reconozco, con dos tazas de café entre las manos y esa clase de silencio cómodo que solo existe entre personas que llevan toda la vida compartiéndolo.
No sé por qué la semana pasada pensé que podían haber sido pareja.
Hay algo en esas fotografías que hoy veo con otros ojos. No es la manera en que él la mira. Es la naturalidad con la que están juntos. Como si no necesitaran demostrarse nada.
Aparto la vista.
No he bajado para mirar fotografías.
Cojo el cuaderno y busco las primeras páginas. El papel está gastado por las esquinas. Hay entradas muy antiguas. Mucho anteriores al año que llevo encerrada aquí.
«La nena dice que acabaré aprendiendo a cocinar por pura supervivencia. Después se ha comido dos platos y ha dicho que tampoco estaba tan mal. Lleva haciéndome lo mismo desde que teníamos diez años.»
Paso la página.
«Ha vuelto a llamarme para preguntarme si he cambiado las ruedas del coche. Dice que un día voy a matarme por no hacer caso a nadie. Le he dicho que deje de tratarme como si siguiera teniendo doce años. Cinco minutos después me ha preguntado si he cenado.»
Sigo leyendo.
«A veces pienso que, si algún día tiene hijos, los pobres no van a poder mentirle nunca. Siempre ha sabido cuándo estaba mintiendo antes incluso de que yo abriera la boca.»
Levanto despacio la vista hacia las fotografías.
No encuentro en ninguna página la palabra hermana .
No hace falta. Hay relaciones que no necesitan nombrarse porque aparecen enteras en la manera de hablar del otro.
Cierro un momento los ojos y vuelvo al cuaderno.
Avanzo varias páginas. La letra sigue siendo la misma, ordenada hasta el extremo, pero el tono ya no.
Las primeras entradas hablaban de una vida compartida. Estas hablan de una ausencia.
«Hoy la casa ha sonado vacía por primera vez.
He guardado su taza. No porque crea que vaya a volver a usarla. Porque todavía no sé vivir viéndola sobre la encimera.
También he quitado su cepillo de dientes. He tardado cuarenta minutos.»
Sigo pasando páginas. Cada vez hay más espacio entre una entrada y la siguiente, como si escribir se hubiera convertido en otra de esas cosas que solo consigue hacer algunos días.
Leo despacio, olvidándome durante un momento del reloj, hasta que una fecha llama mi atención.
No la reconozco. No significa nada para mí. Pero el modo en que empieza sí.
«Todavía sueño con aquella noche.
La puerta estaba abierta. La llamé dos veces antes de entrar y durante unos segundos llegué a enfadarme porque no contestaba. Después la vi.
Ella estaba en el suelo de la cocina.
Clara seguía allí.
Tardé unos segundos en comprender que una respiraba y la otra no.
La policía habría hecho las preguntas correctas. Clara no habría sabido responder ninguna.
Fue entonces cuando comprendí que no podía perderlas a las dos».
Permanezco un momento con la vista fija en la última línea, esperando que continúe en la página siguiente.
Que explique qué ocurrió antes de que él llegara.
Que escriba qué encontró realmente en aquella cocina o por qué tomó una decisión capaz de borrar a una persona del mundo.
Pero al pasar la hoja solo encuentro otra entrada, escrita varios días después.
«Hay días en que consigo odiarla. Es lo único que me permite seguir haciendo esto.»
No hay nada más.
Cierro el cuaderno con el mismo cuidado con el que lo abrí y lo dejo exactamente donde estaba. Tardo unos segundos en retirar las manos, comprobando que las esquinas coincidan con la marca que ha dejado sobre la mesa. Después vuelvo a mirar las fotografías.
Ella ya no es la mujer desconocida de la semana pasada.
Ahora sé que fue alguien capaz de llenar páginas enteras sin necesidad de ser nombrada.
También sé que ocupaba un lugar en la vida de Julián del que yo todavía no entiendo casi nada.
Yo también tengo un lugar en esa historia, aunque siga sin recordar cómo llegué hasta él.
No sé qué ocurrió en aquella cocina. No sé qué pasó antes de que Julián llegara.
Ni siquiera sé qué hice yo. Pero el diario deja una cosa demasiado clara para seguir ignorándola.
Julián no me mantiene encerrada porque tema que recuerde.
Me mantiene encerrada porque cuando recuerde ya no tendrá ningún motivo para seguir haciéndolo .
Miro el reloj y noto un vuelco en el estómago.
He permanecido abajo más tiempo del que pretendía.
Apago la luz, cierro la puerta del sótano y empiezo a subir las escaleras con la respiración cada vez más corta, sintiendo que el esfuerzo ya no viene solo de las piernas.
Mientras alcanzo el último peldaño, una idea termina de asentarse con una claridad que no había tenido hasta ahora.
No sé cuánto tiempo me queda. Pero empiezo a creer que no será Julián quien decida cuándo termina esto.