CAPÍTULO TREINTA Y TRES
J ulián tarda dos días en preguntar.
Hasta entonces se limita a mirarme un poco más de la cuenta cuando entra con las bandejas.
Lo noto en la manera en que permanece un instante junto a la puerta antes de acercarse a la cama, como si necesitara comprobar algo que no termina de encontrar.
Durante meses ha sido él quien medía mis progresos: si podía sostener la taza sin que me temblaran las manos, si había dormido mejor, si caminaba un poco más que la semana anterior. Ahora parece estar buscando otra cosa.
No sé si lo encuentra. Yo tampoco sabría decir qué ha cambiado exactamente, solo que ya no siento la necesidad de llenar los silencios. Él habla y yo respondo, y eso parece bastar.
El miércoles deja la bandeja sobre la cama y no se sienta enseguida. Se queda de pie, mirándome mientras remuevo el té con una lentitud que antes le habría parecido normal y que ahora, por algún motivo, parece inquietarle.
—Hace buen día.
Asiento.
—Sí.
Espera un momento.
—Si te apetece, luego podemos bajar un rato al salón.
Muevo la cabeza despacio.
—No.
No insiste.
Se sienta al fin en la silla de siempre, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Permanece así unos segundos, observándome mientras desayuno sin levantar apenas la vista del plato.
—¿Te encuentras peor?
—No.
—¿Te duele algo?
—No.
Otra pausa .
—¿Ha pasado algo?
Levanto la cabeza.
Durante un instante pienso que lo sabe. Que ha encontrado el cuaderno ligeramente desplazado o que ha descubierto el teléfono donde lo escondí o que, de alguna forma imposible, puede ver todo lo que llevo días intentando mantener lejos de mi cara.
Pero no; solo espera una respuesta.
—No.
Mentir no requiere ningún esfuerzo.
Su expresión cambia apenas un instante. Es algo tan pequeño que quizá hace una semana no lo habría visto. Una sombra de decepción. O de alivio. No sé distinguirlas.
Recoge la bandeja en silencio y, cuando llega a la puerta, se vuelve otra vez.
—Si necesitas hablar...
Deja la frase sin terminar.
No digo nada.
Cuando la puerta se cierra vuelvo a quedarme sola con el ruido del mirlo y con esa quietud que ya empieza a resultarme más familiar que el miedo.
Por la noche vuelve a sentarse junto a mi cama después de darme la medicación .
Permanece allí más tiempo del habitual. No habla. Yo tampoco. El silencio ya no pesa como antes; tiene otra consistencia, como si entre los dos hubiera aparecido algo para lo que ninguno conoce todavía las palabras.
Al cabo de un rato se levanta. Recoge la bandeja en silencio y se dirige hacia la puerta.
Ya tiene la mano en el picaporte cuando se detiene.
Pienso que va a volver a preguntarme si ocurre algo, que insistirá de una forma distinta, pero permanece inmóvil unos segundos, como si hubiera recordado algo en el último instante.
Después baja la vista hacia la mesilla de noche.
La deja allí apenas un momento y continúa despacio por el resto de la habitación: la cómoda, el escritorio, la ventana entreabierta, el sillón.
No es una mirada distraída ni la de alguien que simplemente contempla un lugar que conoce de memoria.
Es la mirada de quien comprueba que todo sigue exactamente donde debería estar.
Entonces abre la puerta y sale.
No me muevo. Permanezco sentada sobre la cama hasta que el silencio vuelve a llenar la habitación y entonces comprendo qué es lo que me ha resultado tan extraño.
Durante un año he vivido con la sensación de que Julián no me quitaba los ojos de encima.
Hoy, por primera vez, he tenido la impresión de que no me estaba mirando a mí.
Estaba mirando todo lo que me rodea. Como si esperara descubrir, antes o después, la prueba de algo que todavía no sabe si existe.