Sin Prescripción CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

T ardo casi una hora en sentarme delante del portátil.

Durante todo ese tiempo intento convencerme de que no hace falta escribir nada, que bastaría con dejar pasar los días y esperar a que el recuerdo terminara de colocarse por sí solo, pero ya sé que no va a ocurrir.

Llevo demasiado tiempo descubriendo que la memoria no devuelve las cosas ordenadas. Las devuelve como puede.

Abro el diario y dejo que el cursor parpadee sobre la pantalla mientras intento decidir por dónde empezar. Lo miro tanto rato que acaba pareciéndome que el problema no es recordar, sino encontrar una forma de ponerlo en palabras sin que se deshaga en cuanto lo escriba.

Al final apoyo los dedos sobre el teclado y empiezo.

«Hoy he recordado. No un fragmento. No una sensación. He recordado...»

Borro la última frase y vuelvo a empezar.

«He visto...»

No. No la he visto. Yo estaba allí.

Borro otra vez.

Las manos descansan sobre el teclado mientras espero que las palabras lleguen con el mismo orden con el que han llegado los recuerdos, pero no ocurre.

Escribo despacio.

«Había...»

No.

«Estábamos...»

No.

«Había sangre.»

Cierro los ojos un momento y, cuando los abro, esa línea sigue ahí, como si no hubiera sido capaz de deshacerme de ella del todo. La leo una vez más, la borro, y pruebo otra vez: «No consigo recordar qué pasó primero. O quizá sí. Quizá lo recuerdo demasiado bien. Ella. Yo».

No. No puedo.

Aparto las manos del teclado y espero unos minutos antes de volver a intentarlo. Esta vez escribo una sola frase.

«No fue un accidente. »

La dejo ahí porque es la única de la que estoy segura. El cursor sigue parpadeando debajo, insistente, como si esperara algo que no sé darle.

Espero un poco más, pero no escribo nada. Al final guardo el archivo y cierro el portátil.

Cuando me levanto descubro que tengo los dedos agarrotados de tanta fuerza como he hecho sobre el teclado. Los estiro despacio. Todavía obedecen. Por ahora.