Sin Prescripción CAPÍTULO TREINTA Y UNO
58%

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

A la mañana siguiente no me levanto cuando Julián abre la puerta.

Lo oigo entrar con la bandeja, dejarla sobre la mesilla y acercar la silla a la cama con el mismo cuidado de siempre.

Durante un instante pienso que va a preguntarme si me encuentro peor, pero no lo hace.

Me aparta un mechón de pelo de la cara y me sonríe con esa expresión tranquila que llevo un año confundiendo con la normalidad.

—Buenos días.

Le devuelvo la sonrisa sin pensar.

No cuesta nada. Y eso es precisamente lo que más me desconcierta.

Puedo sonreír, responder cuando me pregunta si he dormido bien e incorporarme lo suficiente para desayunar y fingir que me trago las pastillas delante de él, aunque una se me quede escondida bajo la lengua hasta que él salga.

Mi cuerpo sigue haciendo exactamente lo que se espera de él, como si hubiera aprendido a funcionar por su cuenta mientras yo estoy en otra parte.

Julián habla un poco más de lo habitual.

Me cuenta que en el pueblo han empezado a reparar el puente de la carretera vieja y que por eso ha tenido que dar un rodeo para volver.

En otro momento le habría escuchado con la atención de quien busca una grieta en cada frase.

Hoy las palabras llegan hasta mí y se quedan en la superficie, incapaces de atravesar algo que no estaba ahí hace apenas unos días.

Cuando termina el desayuno recoge la bandeja, me desea que descanse y sale de la habitación.

No cierro los ojos hasta que deja de oírse el ruido de sus pasos.

Después pasan las horas.

La luz cambia de sitio sobre la pared. El mirlo canta varias veces.

Más tarde deja de hacerlo. En algún momento oigo a Julián bajar y subir las escaleras, abrir un grifo, mover una silla en el salón.

Reconozco todos esos sonidos porque llevo demasiado tiempo viviendo dentro de ellos, pero ya no me dicen nada.

No bajo.

No camino por la habitación.

El teléfono permanece escondido donde lo dejé el día anterior y, por primera vez desde que decidí dejar las pastillas, ni siquiera pienso en cargarlo .

La comida llega a su hora y Julián se queda mirándome unos segundos antes de dejar la bandeja sobre la cama.

—¿Te encuentras bien?

Asiento. No es exactamente una mentira.

Él espera un momento más, como si quisiera añadir algo, pero al final solo me acaricia la mano y sale de la habitación.

Cuando la puerta vuelve a cerrarse, sigo inmóvil. Ya no estoy intentando recordar; ese esfuerzo ha dejado de tener sentido.

Hay recuerdos que no vuelven para responder preguntas. Vuelven para ocupar el sitio de todo lo demás.

Al caer la tarde empiezo a entender que llevo horas mirando el mismo punto de la habitación sin ver nada de verdad. Me obligo a desviar la vista hacia la ventana. Luego hacia la cómoda. Después hacia mi portátil, que había dejado abierto la noche anterior sobre el escritorio.

Lo miro durante un momento largo. Hasta ahora escribir me había servido para ordenar lo poco que sabía y para dejar constancia de lo que no podía decir en voz alta. Esta vez no estoy segura de que me sirva de nada, pero sé que acabaré volviendo al diario.