Sin Prescripción CAPÍTULO TREINTA
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CAPÍTULO TREINTA

L os días empiezan a parecerse entre sí de una manera distinta.

Antes esperaba las horas de las comidas porque eran lo único que dividía el tiempo.

Ahora espero los martes y los viernes. Espero el ruido del coche alejándose por el camino de grava y el silencio que queda después, porque durante esa hora la casa deja de pertenecer a Julián y pasa a pertenecerme un poco.

No pienso marcharme todavía.

Ni siquiera sé si podría hacerlo.

No sé dónde está esta casa. No sé cuánto tendría que caminar hasta encontrar una carretera. No sé si sería capaz de recorrer esa distancia con unas piernas que hace apenas unos días apenas podían sostenerme. Salir ahora sería cambiar un encierro por otro, solo que al aire libre.

Pero puedo prepararme .

Cada martes y viernes saco el teléfono de su escondite y lo dejo cargando unos minutos antes de volver a guardarlo exactamente donde estaba. Sigue sin tener cobertura. No importa. Si algún día consigo salir de aquí, necesitaré que tenga batería.

Empiezo también a fijarme en cosas que antes no veía.

Si Julián deja alguna vez la cartera sobre un mueble.

Dónde cuelga las llaves cuando llega del pueblo.

Si guarda dinero en algún cajón de la cocina.

No busco todavía. Solo observo. Aprendo la casa como quien aprende un idioma nuevo, convencida de que cualquier detalle puede acabar importando.

Cuando él está abajo y oigo el sonido lejano de la televisión o el agua corriendo en la cocina, aprovecho para caminar por la habitación.

Al principio apenas consigo ir de la cama a la ventana antes de tener que detenerme.

Después empiezo a bajar algunos escalones.

Tres. Cuatro. Cinco. Vuelvo a subir antes de que el temblor se convierta en algo que no pueda controlar.

Cada día un poco más.

No intento hacerme fuerte. Solo un poco menos débil.

Hay mañanas en las que consigo llegar al rellano y regresar sin tener que sentarme. Otras no paso del tercer escalón. Empiezo a descubrir que el cuerpo también tiene memoria y que, igual que ha aprendido a quedarse quieto durante un año entero, quizá pueda aprender ahora el camino contrario .

No llevo la cuenta de los días.

Solo noto que las piernas tardan menos en protestar y que recuperar el aliento ya no exige tanto tiempo como antes. Eso es suficiente.

Una mañana, mientras intento recordar si alguna vez vi una cartera sobre el aparador del recibidor, algo se mueve en un lugar de mi cabeza que hasta entonces había permanecido inmóvil.

No llega poco a poco ni me da tiempo a prepararme. De pronto, sin aviso, el recuerdo se abre paso entero, como si hubiera estado esperando justo ese momento para volver.

Cuando vuelvo a abrir los ojos sigo de pie en mitad de la habitación. La ventana continúa entreabierta. El teléfono permanece cargando en el enchufe. Todo está exactamente igual que unos segundos antes.

Todo menos yo.

Me siento despacio en el borde de la cama porque las piernas ya no responden, aunque esta vez no sea por el esfuerzo.

No vuelvo a tocar el teléfono.

Cuando Julián regresa del pueblo, la batería está exactamente igual que cuando se fue.