Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTINUEVE
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CAPÍTULO VEINTINUEVE

E l viernes siguiente no espero a que el coche desaparezca del todo.

En cuanto oigo la puerta principal cierro los ojos un momento, como quien toma aire antes de hacer algo que no tiene vuelta atrás, y después aparto la manta.

Lo hago con la eficiencia de quien ha ensayado algo muchas veces en la cabeza y que ahora simplemente ejecuta, sin pensar demasiado, porque pensar demasiado antes de hacer algo difícil es la manera más segura de no hacerlo.

La puerta del sótano. La luz amarilla y escasa.

Las cajas. La mesa. Las fotos de la mujer de pelo oscuro que lleva una semana apareciendo en mis fragmentos de memoria con más frecuencia que antes, como si verla  hubiera abierto algo que las pastillas habían conseguido mantener cerrado.

No me detengo en las fotos esta vez y voy directamente al cuaderno.

Lo cojo con cuidado, como si pudiera romperse, y lo abro por la primera página. La letra de Julián, tan limpia y tan ordenada como siempre, llenando el papel con esa precisión que lo caracteriza incluso aquí, incluso en esto.

La primera entrada no tiene fecha.

No sé cómo se escribe esto. No sé si servirá para algo. Pero necesito sacar de algún sitio todo lo que ya no puedo decir en voz alta.

Paso la página.

Las entradas siguientes son breves, irregulares, separadas por días o semanas sin que haya ninguna indicación de cuándo.

Hablan de ella con una familiaridad que no se molesta en presentarla, como se habla de alguien que se conoce desde siempre y que no necesita contexto.

De una casa que suena diferente cuando falta alguien.

De objetos que no sabe si guardar o tirar y que al final guarda siempre porque tirarlos le parece una segunda muerte.

Leo despacio, aunque el reloj en mi muñeca me dice que no debería.

A mitad del cuaderno el tono cambia. Las entradas se vuelven más largas, más densas, con algo que las anteriores no tenían, una mezcla de rabia y agotamiento que parece haber esperado mucho tiempo para encontrar un sitio donde quedarse.

Ella habría odiado esto. La casa convertida en lo que se ha convertido. Ella, que no soportaba ni que le tocaran las cosas de sitio .

Llevo meses sin poder entrar en la cocina sin verla en el suelo. Eso no se lo he dicho a nadie. Ahora ya está dicho.

Vuelvo a leer esa última frase.

Verla en el suelo.

El frío empieza en algún sitio detrás del esternón y se expande despacio hacia afuera, igual que aquella noche con el teléfono apagado en la mano, igual que cada vez que algo encaja en un sitio donde no quería que encajara.

Sigo .

Hoy ha vuelto a preguntarme por el teléfono.

He mentido otra vez.

Paso la página.

Hay días en que consigo odiarla.

Es lo único que me permite seguir haciendo esto.

Paso otra página con dedos temblorosos.

Cada día que pasa resulta un poco más difícil seguir convencido de que esto es lo correcto.

Todavía no puedo dejarla marchar.

Paso otra página.

Ha sonreído mientras se tomaba las pastillas.

Empiezo a no saber cuándo me cree y cuándo finge.

Siento que el pulso se acelera.

Paso una página más.

Si algún día termina, me odiará.

Es un precio que acepté hace mucho tiempo.

Y debajo, separado del resto por varias líneas en blanco:

Las quiero a las dos.

Cierro el cuaderno.

Lo dejo exactamente donde estaba, en el mismo ángulo, con el mismo lado hacia afuera. Las manos me tiemblan levemente y tengo que esperar un momento antes de atreverme a retirarlas, para asegurarme de que no he movido nada más.

Miro las fotos otra vez. La mujer de pelo oscuro sigue sonriendo hacia algún lugar que queda fuera del encuadre y me pregunto cuánto tiempo llevo buscándola sin saberlo en esos recuerdos que nunca terminan de llegar.

No sé quién era. No sé qué ocurrió aquella noche.

Pero el cuaderno de Julián ya no deja demasiado espacio para las dudas.

Mientras apago la luz y vuelvo a subir las escaleras, con una mano apoyada en la pared y el corazón latiendo demasiado deprisa para el esfuerzo que acabo de hacer, una idea empieza a abrirse paso con la lentitud de las cosas que una desearía no entender nunca: si sigo encerrada en esta casa no es para protegerme. Es por ella.

Julián escribe como alguien que ha convertido el dolor en una rutina.

Camino con esa frase girando en algún sitio detrás de todo lo demás.

Las quiero a las dos.

En presente.

Me siento en el último escalón, las piernas demasiado débiles de repente para sostener algo más que mi propio peso. Tengo una cara ahora, una sonrisa que mira hacia otro lado, una mujer que Julián no ha mencionado nunca en un año de bandejas y besos en la frente.

Pienso en el cuaderno. En esa manera de escribir como si odiarme fuera el único modo de seguir cuidándome.

En mí misma, sentada en este escalón, todavía sin saber qué hice aquella noche, solo sabiendo que hice algo y que el hombre que me cuida desde hace un año perdió a alguien de una manera que de momento solo puedo intuir.

Subo el resto de las escaleras muy despacio.

Cuando llego a la habitación y cierro la puerta, me quedo de pie un momento antes de meterme en la cama, como si tumbarme fuera aceptar algo que todavía no estoy preparada para aceptar.

Después me tumbo.

Su cara se queda conmigo en la oscuridad, repitiéndose sin que pueda evitarlo.