Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTIOCHO
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CAPÍTULO VEINTIOCHO

E l olor llega antes que la luz.

Humedad, papel viejo, y algo más que esta semana sí he encontrado en los fragmentos aunque todavía no sepa a qué pertenece. Un olor que tiene la textura de algo cerrado durante mucho tiempo, de un espacio que guarda cosas que nadie ha movido en meses.

Encuentro el interruptor.

La luz es amarilla y escasa, y lo primero que veo son las cajas.

Muchas, apiladas contra las paredes con esa meticulosidad que Julián pone en todo, algunas selladas con cinta adhesiva y otras abiertas, con el contenido visible pero sin tocar, como si alguien las hubiera dejado así a propósito o simplemente no hubiera tenido fuerzas para terminar lo que empezó.

No toco las cajas.

Camino hacia el fondo, donde la luz llega con menos fuerza, y entonces las veo .

Están sobre una mesa, enmarcadas, apoyadas contra la pared con el mismo cuidado con el que se colocan las cosas que importan. Cuatro, cinco, quizás seis fotografías de distintos tamaños. Me acerco despacio, como si la distancia pudiera protegerme de algo que ya sé que no voy a poder ignorar.

La mujer de las fotos es joven. Treinta años, quizás menos.

Pelo oscuro, una sonrisa que no mira a la cámara sino a algo que hay fuera del encuadre, como si lo más interesante de cualquier situación estuviera siempre ligeramente fuera de lo que puede verse.

En algunas fotos está sola. En otras está con Julián, y en la manera en que él la mira hay algo que reconozco aunque no debería, algo que he visto dirigido hacia mí en otras circunstancias y que aquí, dirigido hacia otra persona, produce una sensación que no sé muy bien cómo clasificar.

Me quedo mirando esa sonrisa durante un momento largo.

No la reconozco.

O no la reconozco todavía, que no es lo mismo pero esta mañana se le parece demasiado para distinguirlos.

Me fijo en cosas que no había visto al primer vistazo.

El jersey azul que lleva en una de las fotos, con un botón distinto a los demás, cosido quizás después de perder el original.

Detrás de ella, en otra, hay un jardín que no es este, con una valla blanca y algo borroso que podría ser un columpio.

En la más pequeña sostiene una taza con las dos manos, exactamente como la sostengo yo cada mañana, y ese gesto sí lo reconozco, aunque no en ella.

En mí, sostenida por unas manos que no son las suyas.

Aparto la idea antes de que termine de formarse. No tengo tiempo para dársela.

Hay un cuaderno sobre la mesa, junto a las fotos. Lo veo, pero no lo toco. No todavía. Tengo el reloj en la muñeca y sé que Julián lleva cuarenta minutos fuera y que me quedan quizás veinte antes de que el margen empiece a estrecharse demasiado.

Subo las escaleras y llego a mi habitación.

Me siento en el borde de la cama y me quedo mirando mis propias manos durante un rato, pensando en una mujer de pelo oscuro con una sonrisa que no mira a la cámara y en Julián mirándola con algo que ya he visto antes y que aquí, en este contexto, pesa de una manera completamente distinta.

Lo extraño es que nunca la ha mencionado. Ni una sola vez. En un año de bandejas, pastillas y besos en la frente, esa mujer no ha existido.

El viernes que viene voy a abrir ese cuaderno.