Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTISIETE
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CAPÍTULO VEINTISIETE

P ienso en la puerta del sótano durante tres días.

No porque haya visto nada extraño en ella. Al contrario. Es una puerta como cualquier otra, pintada del mismo blanco roto que el resto de la casa. Si llama la atención es precisamente porque nunca me había detenido a mirarla.

La primera vez que la vi fue al bajar al salón con Julián. Pasamos por delante sin detenernos. Él siguió caminando y yo también. En aquel momento no tuve ningún motivo para preguntarme qué había detrás.

Ahora sí.

El viernes amanece igual que todos los viernes desde que empecé a fijarme en las rutinas de Julián.

Desayuno como siempre, luego las pastillas, la bandeja y, por último, las llaves.

Mientras habla de cualquier cosa —del pan, del tiempo, de una receta que quiere preparar el domingo—, yo apenas escucho.

Mi atención está puesta en otro sitio. En el sonido metálico del llavero al desprenderse del gancho de la entrada.

En el roce de la puerta al cerrarse. En el motor del coche alejándose por el camino de grava.

Espero, no porque crea que vaya a volver, sino porque necesito estar segura de que no lo hará. Cuando el silencio ocupa por completo la casa, cuento despacio hasta sesenta antes de levantarme.

El número coincide con el de la semana pasada.

Y con el de la anterior. Llevo tiempo construyendo este mapa sin decidirlo del todo, y hay algo en comprobar que encaja, semana tras semana, que se parece más a la satisfacción de resolver bien un cálculo que al miedo que debería sentir ante lo que estoy a punto de hacer.

No me detengo en esa idea. No tengo tiempo.

Bajar las escaleras sigue siendo un esfuerzo que el cuerpo parece no comprender.

Cada peldaño exige una pausa y cada pausa me obliga a recordar que, hace apenas unas semanas, ni siquiera habría llegado hasta aquí.

Cuando alcanzo el recibidor, permanezco inmóvil unos instantes hasta que la respiración vuelve a acompasarse.

La puerta del sótano está al final del pasillo y camino hacia ella despacio, sin sentir miedo todavía, solo una determinación silenciosa que no se parece a nada de lo que he sentido desde que desperté después del accidente.

Al llegar apoyo la mano sobre el pomo. Está frío.

Me quedo así unos segundos, escuchando una casa donde no se oye absolutamente nada, y después bajo la manilla.

La puerta cede unos centímetros y tardo un instante en comprender que no estaba cerrada.

No se abre del todo; solo lo suficiente para separarse del marco con un leve chasquido, como si hubiera quedado mal encajada la última vez que alguien la cerró.

Contengo la respiración y empujo un poco más.

Del otro lado asciende un aire más fresco que el del resto de la casa, con olor a cemento, a madera vieja, a ese olor seco de los lugares donde apenas entra el sol.

Frente a mí aparece una escalera estrecha que desciende hacia la oscuridad.

Durante unos segundos no hago nada. Pienso en volver arriba, en esperar otra semana, en convencerme de que no merece la pena. Pero ya crucé ese límite el día que entré en el despacho de Julián. Apoyo una mano en la pared y doy el primer paso hacia abajo.