Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTISÉIS
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CAPÍTULO VEINTISÉIS

E sa noche me cuesta dormir. No es solo por la esquela, aunque cada vez que cierro los ojos vuelvo a ver mi nombre impreso sobre aquel papel y la imagen insiste en quedarse conmigo más de lo que me gustaría.

Ya no intento entenderla. He aprendido que hay preguntas que no se resuelven dándoles más vueltas, y aun así el sueño tarda en llegar, como si la casa entera estuviera esperando a que yo dejara de pensar.

Debo de quedarme dormida en algún momento, porque me despierta un ruido seco que llega desde la planta de abajo.

Abro los ojos de golpe y permanezco inmóvil, escuchando.

Al principio creo que lo he soñado, pero enseguida oigo pasos.

Son lentos, van de un lado a otro, y reconozco el sonido de la madera del salón y después el del pasillo.

Julián camina sin prisa, como si tampoco pudiera dormir.

No es la primera vez que se levanta durante la noche, aunque quizá sí sea la primera vez que yo lo escucho. Hasta ahora nunca había tenido un motivo para prestar atención.

Los pasos se detienen y el silencio se alarga tanto que empiezo a pensar que ha vuelto a acostarse. Entonces algo cae. No parece muy pesado, pero el golpe basta para romperse y el ruido del cristal resuena en la casa antes de que todo vuelva a quedar en silencio.

Espero algún sonido más. Una maldición, un suspiro, el ruido de alguien recogiendo los trozos. No oigo nada. Solo silencio.

Durante varios minutos no ocurre nada. Me incorporo despacio en la cama y contengo la respiración, como si eso pudiera ayudarme a escuchar mejor, pero no llega ningún otro ruido. Al final vuelvo a tumbarme y tardo mucho en dormirme otra vez.

A la mañana siguiente me despierta el sonido de la puerta.

Julián entra con la bandeja del desayuno y me saluda con su habitual «buenos días»y esa sonrisa que siempre parece estar en su sitio antes incluso de que él abra la boca.

Sin embargo, hay algo distinto en él. Tiene los ojos enrojecidos, con esa hinchazón leve de quien ha dormido poco o ha pasado demasiado tiempo despierto.

Mientras deja la bandeja sobre la mesilla aparta la vista un instante, apenas un instante, antes de volver a mirarme con la misma tranquilidad de todos los días.

—¿Has descansado? —pregunta.

Asiento.

—Sí.

Él también asiente, como si esa respuesta le bastara.

No le pregunto por el ruido de la noche y él no menciona nada.

Desayunamos envueltos en una normalidad tan perfecta que, por primera vez desde que empecé a sospechar de él, me descubro haciéndome una pregunta distinta.

No qué me oculta, sino qué es lo que intenta ocultarse a sí mismo.