Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

S ubir resulta mucho más difícil que bajar.

A mitad de la escalera tengo que detenerme porque las piernas dejan de responderme durante unos segundos y el corazón late con tanta fuerza que apenas consigo recuperar el aire. Me apoyo en la barandilla y espero. No puedo permitirme caer ahora. Ni tampoco llegar tarde.

Cuando por fin cierro la puerta de mi habitación, permanezco inmóvil unos instantes, escuchando. La casa sigue en silencio. Julián todavía no ha vuelto.

Abro el portátil.

La pantalla en blanco me devuelve una imagen extraña. Durante unos segundos me quedo mirando el cursor que parpadea sin saber por dónde empezar. Todo lo que sé cabe en unas pocas frases. Lo difícil no es escribirlas. Lo difícil es entender qué significan cuando aparecen una debajo de la otra.

Empiezo despacio.

«Tuve un accidente de coche.»

Lo releo. Después escribo otra línea.

«Sobreviví.»

Esa palabra permanece un momento sola en la pantalla. La siguiente tarda más en llegar.

«Existe una esquela con mi nombre.»

Dejo las manos sobre el teclado y no escribo nada durante un rato.

La esquela sigue pareciéndome igual de absurda que hace unos minutos, cuando la leí por primera vez en el despacho. Si borro la frase, la esquela seguirá existiendo. Si vuelvo a leerla diez veces, no dejará de decir lo mismo.

Continúo.

«Julián la guardó.»

Vuelvo a leer las cuatro frases y no encajan; o quizá soy yo la que todavía no sabe hacerlas encajar. Borro la primera, la vuelvo a escribir, cambio el orden, pruebo otra vez.

Durante varios minutos no hago otra cosa que mover las mismas palabras de un sitio a otro, esperando que, al colocarlas de otra manera, aparezca una explicación que no estaba antes.

No aparece .

Cierro los ojos un instante e intento recordar el accidente, pero no hay nada. Ninguna lluvia, ningún destello, ningún golpe. Solo un vacío limpio, insoportable, como si aquello nunca hubiera ocurrido.

Los recuerdos siguen llegando como fotografías sueltas encontradas dentro de una caja. Ninguna tiene fecha. Ninguna explica la siguiente.

Vuelvo a mirar la pantalla y las cuatro frases siguen allí, inmóviles, como si no hubieran cambiado desde la primera vez que las escribí.

Son lo único que sé con certeza; todo lo demás sigue siendo una pregunta que no consigo resolver.

El ruido de un coche entrando en la finca me obliga a cerrar el portátil de golpe.

Lo dejo exactamente donde estaba y me meto de nuevo en la cama, intentando que el cuerpo recupere la calma antes de que Julián suba.

Cuando oigo sus pasos en la escalera, ya he conseguido acompasar la respiración.

Todavía no sé qué ocurrió hace un año, pero sí sé una cosa: a partir de ahora tendré que aprender a comportarme como si no hubiera descubierto nada.