Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO

E l nombre tarda unos segundos en adquirir sentido.

Al principio no es más que una palabra escrita sobre un papel.

Una palabra conocida, demasiado conocida, pero incapaz todavía de abrirse paso entre todo lo que acabo de leer.

Después, muy despacio, las letras empiezan a colocarse en el único orden posible y siento un vacío extraño, como si el cuerpo hubiera olvidado de repente qué hacer con el aire.

Es mi nombre, no uno parecido ni el de otra mujer, el mío, y sigo leyendo porque no sé hacer otra cosa.

Las frases se deslizan delante de mis ojos sin llegar a fijarse del todo.

Agradecimientos. Una fecha. Un responso.

Personas que expresan su pesar. Tengo que volver atrás varias veces porque las palabras se mezclan unas con otras, pero el resultado siempre es el mismo.

No importa cuántas veces empiece de nuevo.

El papel sigue diciendo exactamente lo mismo.

Clara ha muerto.

Aprieto la hoja con las dos manos y cierro los ojos un instante, como si al volver a abrirlos fuera a encontrar otra cosa, una errata, un nombre distinto, cualquier detalle capaz de desmentir lo que tengo delante.

No.

Yo estoy aquí.

Puedo notar el dolor en las piernas después de bajar las escaleras. El pulso todavía acelerado. La respiración, que poco a poco vuelve a acompasarse. El frío de la habitación. El tacto áspero del papel entre los dedos.

Todo eso existe.

Yo existo.

Abro los ojos otra vez y vuelvo a mirar la esquela, esperando descubrir algún detalle que lo cambie todo. Un segundo apellido distinto. Una errata. Una explicación escondida en alguna parte. Cualquier cosa que me permita pensar que he entendido mal.

No encuentro nada.

El silencio del despacho empieza a pesarme de una forma distinta. Ya no es el silencio de una casa vacía. Es el de un lugar donde alguien ha guardado durante un año la prueba de algo que yo desconocía .

No sé cuánto tiempo permanezco sentada sin moverme. El reloj de pared marca los segundos con una lentitud insoportable. Y, por primera vez desde que desperté después del accidente, comprendo que el mundo ha seguido adelante sin esperar a que yo regresara.

No soy una mujer escondida. Soy una mujer que ya no existe. El pensamiento llega sin hacer ruido, sin lágrimas, sin un grito, solo con una calma extraña e inmóvil, como la que queda después de una explosión demasiado lejana para haber oído el estallido.

Bajo la vista una última vez, doblo la esquela con el mismo cuidado con el que la encontré y la dejo exactamente en el mismo sitio. Entonces recuerdo que Julián volverá en cualquier momento y entiendo que, a partir de ahora, la persona que acaba de morir no puede ser la única que guarde un secreto.