Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTITRÉS
43%

CAPÍTULO VEINTITRÉS

T ardo varios minutos en recuperar el aliento.

No esperaba que bajar las escaleras me dejara así.

El pecho sube y baja demasiado deprisa y las piernas siguen temblando, como si todavía estuvieran intentando convencerme de que vuelva arriba antes de que sea demasiado tarde.

Durante un instante estoy tentada de hacerles caso.

Sé que subir me costará más que bajar y no tengo ni idea de cuánto tiempo llevo fuera de la habitación.

Si Julián regresara ahora, ni siquiera conseguiría llegar al primer escalón.

Apoyo una mano sobre la mesa hasta que el mareo desaparece.

El despacho es exactamente como imaginaba. Ordenado hasta el exceso. No hay nada fuera de lugar. Ni papeles amontonados, ni tazas olvidadas, ni bolígrafos desperdigados. Todo parece ocupar el único sitio posible, como si el desorden fuera una forma de fracaso que Julián no pudiera permitirse.

No sé muy bien qué esperaba encontrar .

Tal vez nada; solo necesitaba comprobar que existía un lugar de la casa donde yo nunca había estado sola.

Mi mirada recorre los estantes, las carpetas perfectamente alineadas, los libros. Nada llama especialmente la atención. Todo resulta tan impecable que cuesta imaginar un secreto escondido allí.

Es sobre la mesa donde termino deteniéndome.

Hay una carpeta de cartón azul, corriente, sin ninguna inscripción.

La abro casi por inercia. Las primeras hojas son facturas; después aparecen unos recibos del banco.

Papeles sin importancia. Estoy a punto de cerrarla cuando asoma el borde amarillento de un recorte de periódico. Lo saco despacio.

La fotografía ocupa casi media página. Un coche irreconocible, convertido en un amasijo de hierro contra el tronco de un árbol. Tardo unos segundos en comprender que lo estoy mirando sin leer una sola palabra, como si mi cabeza se negara a bajar hasta el titular.

Al final lo hago.

No leo el artículo. Solo fragmentos.

«Accidente...»

«...de madrugada...»

«...única superviviente...»

Y entonces encuentro mi nombre. No debería sorprenderme.

Sé que tuve un accidente. Lo que me sorprende es otra cosa: que esté ahí, impreso sobre un papel que Julián ha guardado junto a otros recortes, como si no perteneciera a una vida que ya no existe.

Paso al siguiente recorte y luego al siguiente.

Todos hablan del mismo accidente, pero cada uno añade un detalle distinto: el estado de la carretera, la investigación, la identidad de los fallecidos.

Ninguno responde a la única pregunta que no deja de crecer desde que abrí la carpeta.

¿Por qué los conserva?

Julián no es un hombre que acumule papeles por nostalgia. No lo parece. Si algo sigue aquí, es porque él decidió que siguiera aquí.

Debajo del último recorte encuentro un folio doblado en tres partes. El papel es más grueso que el del periódico y tiene ese tacto áspero de los documentos que uno espera encontrar en un cajón, no mezclados con noticias antiguas.

Lo desdoblo despacio.

Mis manos vuelven a temblar, aunque ya no sé si es por el esfuerzo de haber bajado las escaleras o por otra cosa.

La palabra aparece en la parte superior, impresa en letras negras.

ESQUELA

El aire parece detenerse dentro de la habitación. Bajo la vista despacio, con una lentitud que no es prudencia sino miedo. En la primera línea hay un nombre.