CAPÍTULO VEINTIDÓS
E l viernes siguiente espero a que el coche desaparezca por el camino antes de levantarme.
No me hace falta mirar el reloj. Empiezo a medir el tiempo de otra manera. El ruido del motor alejándose. El silencio que queda después. El mirlo. La luz entrando por la ventana. Todo junto forma una especie de reloj que solo sirve para esta casa.
Permanezco sentada unos minutos en el borde de la cama, reuniendo fuerzas más que valor.
Sé adónde quiero ir desde hace dos días. También sé que quizá no llegue.
Salgo de la habitación despacio, apoyando una mano en la pared. El pasillo me parece más largo de lo que recordaba. No porque haya cambiado. Porque hasta hace poco recorrerlo era impensable.
Cuando llego al descansillo, las escaleras aparecen delante de mí.
Las he bajado otras veces con Julián, su brazo sujetándome por la cintura y mi mano apoyada en la barandilla mientras él marcaba el ritmo y se detenía cuando me faltaba el aire.
Nunca había pensado en lo mucho que hacía por mí hasta que tengo que hacerlo sola.
Pongo un pie en el primer escalón y después en el siguiente.
Al tercero, las piernas empiezan a temblar y me detengo, porque no hay otra opción.
Espero apoyada en la barandilla hasta que el mareo disminuye.
Miro hacia abajo y me pregunto, por primera vez, si he cometido un error.
No al bajar, sino al pensar que luego sería capaz de volver a subir.
Durante unos segundos estoy a punto de darme la vuelta.
Sería lo sensato. También habría sido exactamente lo que habría hecho la Clara de hace una semana.
Sigo bajando. No cuento los escalones; cuento las veces que tengo que detenerme para recuperar el aliento.
Cuando por fin llego a la planta de abajo, las piernas apenas me sostienen. Permanezco inmóvil un rato, respirando despacio, dejando que el corazón vuelva a encontrar un ritmo que no parezca una huida.
La casa está en silencio, en un silencio distinto al de arriba, más denso, más grande. Nunca había estado sola aquí abajo.
Miro alrededor. La cocina, el salón, la puerta de entrada. Todo me resulta familiar y extraño al mismo tiempo, como esos lugares que una reconoce de una fotografía antigua.
No he bajado para mirar la casa. He bajado por otra cosa.
El despacho de Julián está al fondo del pasillo. Recuerdo perfectamente dónde está. Nunca había pasado por delante sola.
La puerta está entreabierta.
Me quedo quieta. No sé si porque necesito recuperar el aire otra vez o porque, de pronto, ya no estoy segura de querer saber qué hay al otro lado.
Doy un paso, después otro, y me detengo frente a la rendija. Apenas deja ver un trozo de la mesa. Es suficiente.