CAPÍTULO VEINTIUNO
H ace bueno.
Lo sé antes de que Julián lo diga, por la manera en que la luz entra esta mañana, más blanca, sin ese filo grisáceo que tiene los días de lluvia. Cuando sube con la bandeja del desayuno, ya lleva una manta doblada sobre el brazo.
—¿Te apetece? —pregunta, sin más rodeo que el de dejar la manta sobre la silla.
No contesto enseguida. Pienso en la última vez que estuve fuera de esta casa, aunque no consigo situar cuándo fue exactamente ni si es un recuerdo real o solo la idea de que en algún momento tuvo que ocurrir.
—Vale —digo al fin.
Julián sonríe de una manera distinta a la de todas las mañanas. No es la sonrisa de alivio de quien ha conseguido que trague las pastillas. Es otra cosa, más simple, casi torpe .
Bajar las escaleras con él es distinto a bajarlas sola. Su brazo rodea mi cintura, mi mano se apoya en la suya, y aunque llevo semanas practicando a escondidas, dejo que marque el ritmo, un escalón, una pausa, otro escalón, porque hoy no necesito demostrarle nada a nadie.
La puerta del jardín da a un lateral de la casa que nunca he visto desde dentro. Cuando la abre, el aire me golpea de una manera que no esperaba. Frío, cargado de tierra húmeda y algo más verde, más vivo que el que entra por la rendija de la ventana.
Me detengo en el umbral.
—¿Todo bien? —pregunta Julián.
—Sí.
No es del todo cierto. Es solo que el mundo, de golpe, tiene un tamaño que había olvidado que existía.
Caminamos despacio hasta un banco de piedra cerca de un ciruelo sin flores todavía. Julián extiende la manta sobre mis piernas aunque no hace tanto frío como para necesitarla, y se sienta a mi lado, no en la silla de siempre, sino en el mismo banco, más cerca de lo que suele estar en la habitación.
Durante un rato ninguno de los dos dice nada.
El mirlo canta desde algún sitio entre los árboles, y por primera vez puedo verlo: una mancha negra saltando de una rama a otra, sin ningún interés en nosotros.
—Ahí está tu amigo —digo.
Julián se ríe. Es un sonido que no le había oído nunca, corto, un poco sorprendido de sí mismo, como si también a él le costara reconocerlo.
—No sabía que le tuviera tanto cariño hasta que te lo he contado a ti.
No sé qué responder a eso, así que no respondo nada. Dejo que el silencio vuelva a instalarse, distinto al de la habitación, más grande, con sitio de sobra para los dos.
En algún momento, sin decidirlo, cierro los ojos y dejo que el sol me caliente la cara.
Huelo la tierra, la hierba que alguien ha debido de cortar hace poco, y por debajo de todo eso algo más, un rastro que no consigo nombrar pero que no me da miedo, que se parece más a la nostalgia que a la sospecha.
—¿Estás bien? —pregunta Julián, en voz baja, como si temiera romper algo.
—Sí —digo, y esta vez es cierto.
No hablamos de pastillas. No hablamos de médicos ni de recuerdos ni de nada que tenga nombre.
Julián me cuenta que de pequeño se subía a los ciruelos del huerto de su abuela y que una vez se cayó y se rompió una muñeca y nadie se dio cuenta hasta el día siguiente porque él no quiso decir nada por miedo a que no volvieran a dejarle subir.
Yo me río, de verdad, y el sonido me resulta tan extraño en la garganta que durante un segundo pienso que ha sido otra persona.
Nos quedamos así hasta que el frío empieza a ganarle terreno al sol .
—Deberíamos volver —dice Julián al fin, sin ninguna prisa en la voz.
Asiento.
Antes de levantarnos, me quedo un momento más mirando el jardín, el ciruelo, el trozo de cielo que se ve por encima del tejado. Pienso que podría acostumbrarme a esto. Y en el mismo instante en que lo pienso, sé que ese pensamiento es exactamente el que Julián necesita que yo tenga.
No dejo que eso estropee la tarde.
Ya habrá tiempo para desconfiar.