Sin Prescripción CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

P or la tarde Julián sube con la leche y las galletas un poco antes de lo habitual.

Lo noto porque todavía queda una franja de sol sobre la alfombra. A esa hora normalmente ya ha desaparecido.

—Hoy me he adelantado un poco.

Asiento sin preguntar por qué.

Deja la bandeja sobre la mesilla y, cuando ya espero que se marche, mira hacia la ventana.

—¿Te importa si la abro más?

Tardo un instante en responder. Nunca me había pedido permiso.

—No.

Se acerca despacio y empuja la hoja apenas unos centímetros. El aire entra frío, con olor a tierra húmeda. Debe de haber llovido en algún sitio, aunque aquí no haya caído una sola gota.

Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. El silencio ya no pesa como antes. Ha cambiado de forma. Antes era el silencio de una habitación donde no había nada que decir. Ahora es el de dos personas que esconden demasiadas cosas para saber por cuál empezar.

—Hay un mirlo —dice Julián.

Levanto la vista.

El pájaro está sobre la rama del fresno, apenas una sombra oscura contra la luz de la tarde.

—Siempre canta a esta hora.

—¿Siempre?

Sonríe muy levemente.

—Lleva meses haciéndolo.

No sé por qué esa respuesta me produce una tristeza inesperada.

Vuelvo la vista hacia la ventana. El mirlo sigue allí, oculto en algún sitio entre las ramas, repitiendo la misma secuencia de notas que llevo días escuchando.

Pienso en la naturalidad con la que Julián dice que lleva meses cantando a la misma hora, como si ese detalle formara parte de su vida desde siempre .

Meses.

Mientras yo intento recordar mi nombre, él aprende el horario de un pájaro.

La idea se instala despacio, sin hacer ruido. No sé si me entristece por él o por mí. Quizá por los dos. Porque durante un año mi mundo se reduce a esta habitación, pero el suyo tampoco debe de hacerse mucho más grande. Puede salir por la puerta cuando quiere y, aun así, vuelve cuatro veces al día.

No sé qué hace durante las horas en que yo duermo o miro el techo.

No sé en qué piensa cuando baja las escaleras con las bandejas vacías ni cuánto tiempo pasa sentado en la cocina antes de volver a subir con la siguiente comida.

Nunca me había preguntado cómo es un día entero de Julián. Hasta ahora.

Vuelve a la silla, pero no se sienta. Se queda de pie, con las manos apoyadas en el respaldo.

—¿Sabes una cosa? —Lo miro —. Durante el invierno pensé que dejaría de venir.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿El mirlo?

Asiente.

—Desapareció varios días seguidos. —Calla un momento antes de continuar. —Cuando volvió, me alegré más de lo que debería.

La frase queda suspendida entre los dos.

Hay demasiadas cosas que podría preguntarle. Si estaba solo. Con quién hablaba durante todo ese tiempo. Cómo era un día entero en esta casa cuando yo apenas abría los ojos.

No hago ninguna de esas preguntas. Sospecho que, si empiezo por ahí, terminaré preguntando cosas para las que todavía no estoy preparada. Hay demasiadas respuestas posibles y ninguna me parece soportable.

Julián se sienta frente a mí sin decir nada más. Durante unos segundos permanecemos los dos con la vista fija en la bandeja. Él remueve el café con la cucharilla aunque ya no queda azúcar por disolver. Después deja la taza sobre la mesilla y alarga la mano hacia el plato de las galletas.

—¿Te acuerdas de que antes odiabas las de avena?

Levanto la vista.

La pregunta llega con una naturalidad tan inesperada que tardo un momento en comprender que no busca ponerme a prueba. No espera que recuerde. Solo está hablando de alguien que para él todavía existe y para mí se ha convertido en una desconocida.

Miro la galleta que tengo delante. Llevo un año comiéndolas sin haberme preguntado nunca por qué son siempre esas y no otras. Cojo una, la parto despacio entre los dedos y pruebo un trozo. Tiene una textura seca que obliga a beber enseguida un sorbo de café .

—No recuerdo haberlas probado antes.

Julián sonríe apenas.

—Decías que sabían a cartón. Si compraba otras, te las comías. Estas no había manera.

Durante un instante espero que algo responda dentro de mí. Una cocina. Un supermercado. Una discusión absurda delante de un estante. Cualquier imagen capaz de demostrarme que esa mujer de la que habla fui yo alguna vez.

No llega nada.

Y, sin embargo, la decepción es distinta a las anteriores.

Ya no siento únicamente el vacío de no recordar.

Empiezo a sentir también el peso de todo lo que él sí recuerda.

Cada una de esas pequeñas historias ha seguido existiendo este año entero en la cabeza de Julián mientras en la mía no quedaba absolutamente nada.

Lo observo recoger las migas que han caído sobre la colcha antes incluso de darse cuenta de que lo está haciendo. Las aparta con la yema de los dedos y después estira un poco la manta sobre mis piernas, igual que quien corrige un gesto aprendido hace tanto tiempo que ha dejado de pensar en él.

Me pregunto cuántas veces habrá repetido exactamente esa misma secuencia.

Cuántas mañanas habrá retirado una taza vacía de esta mesilla. Cuántas veces habrá colocado la almohada cuando yo volvía a quedarme dormida. Cuántas conversaciones habrá sostenido prácticamente solo para que la habitación no terminara pareciéndose demasiado a una habitación de hospital.

Siempre había pensado en este cuarto como el lugar donde yo había pasado un año encerrada.

Por primera vez se me ocurre que Julián también ha pasado aquí una parte considerable de su vida.

No es la misma prisión, pero tampoco parece una forma especialmente libre de vivir.

Cuando termina el café se levanta despacio y recoge la bandeja. Antes de salir se detiene junto a la puerta, como si acabara de acordarse de algo.

—Si mañana hace bueno, podemos bajar un rato al jardín.

Lo dice con un tono despreocupado, casi casual, aunque intuyo que la propuesta lleva varios días rondándole la cabeza. Hace apenas una semana habría respondido que no sin pensarlo. Habría supuesto que cualquier cambio en la rutina escondía una intención que yo no alcanzaba a comprender.

Ahora ya no estoy tan segura de nada.

—Lo pensaré.

Julián asiente. No insiste. Sale de la habitación y cierra la puerta con el mismo cuidado de siempre.

Durante un rato sigo mirando el plato donde ha quedado media galleta .

Me pregunto si de verdad sabían a cartón.

Y descubro que lo que más me inquieta no es haber olvidado el sabor, sino que alguien lo haya conservado por mí durante tanto tiempo.

Mientras el mirlo vuelve a llenar el silencio de la habitación, pienso que los gestos de Julián no han cambiado desde que desperté. Lo único que ha cambiado es la manera en que yo los miro.

Y, por primera vez, no estoy segura de querer averiguar cuál de las dos miradas se acerca más a la verdad.