CAPÍTULO DIECINUEVE
J ulián vuelve poco antes de las dos.
Lo sé antes de oír el coche. El mirlo deja de cantar unos segundos y después vuelve a hacerlo. Nunca me había fijado en el orden de las cosas. Ahora sí.
Cuando abre la puerta de la habitación, sonríe.
—¿Qué tal?
—Bien.
No es una mentira. Tampoco es verdad.
Deja la bandeja sobre la mesilla y empieza a sacar los platos con la misma naturalidad de siempre. Una crema de verduras. Pescado. Un yogur. Mientras coloca los cubiertos habla sin mirarme, como si continuara una conversación que hubiéramos dejado a medias por la mañana.
—Había bastante gente en el pueblo. Más de la que esperaba para ser martes.
Asiento.
—En la panadería he tenido que esperar un buen rato. La mujer de Mariano se ha resbalado en la puerta y se ha montado un buen revuelo. Al final no ha sido nada.
Sigo comiendo despacio.
Hace apenas una semana habría escuchado aquellas palabras igual que quien oye la radio en otra habitación. Sonidos. Nada más.
Hoy intento recordar si Julián siempre habla tanto cuando vuelve del pueblo o soy yo quien nunca prestó atención.
—También he pasado por la farmacia.
Levanto la vista un instante.
—Ya tenían el medicamento que faltaba.
Lo dice mientras llena mi vaso de agua, con una naturalidad tan exacta que resulta imposible saber si está improvisando o repitiendo algo que ya tenía pensado decir. Habla como si aquella fuera la única noticia importante de la mañana.
Me descubro observando cosas absurdas. La forma en que sostiene la botella. El momento exacto en que sonríe. Si me mira antes de responder o después. Si duda alguna vez.
No encuentro nada y eso me desconcierta más de lo que debería. Si está mintiendo, lo hace demasiado bien; si no lo está, entonces soy yo quien ha empezado a buscar grietas donde no las hay. Aparto el pensamiento antes de terminarlo, porque no quiero darle forma todavía.
Julián no para de hablar de las obras de la carretera, de la llegada de más turistas este verano y de que el viejo quiosco continúa cerrado.
Son historias pequeñas, tan pequeñas que cuesta imaginar por qué alguien se tomaría la molestia de inventarlas.
Y, sin embargo, quizá precisamente por eso funcionan: porque una mentira no siempre necesita parecer grande, basta con que vaya rodeada de verdades.
—Ah —dice de pronto, como si acabara de acordarse de algo que no pensaba decir—. Esta mañana me he cruzado con Andrés.
El nombre no significa nada para mí. Pero hay un cambio pequeño en cómo lo pronuncia, una décima de segundo en que la voz pierde el tono de sobremesa y baja, apenas, lo justo para que yo lo note.
—¿Quién es Andrés?
—Nadie. Alguien de hace tiempo.
Ordena los cubiertos sobre la bandeja aunque ya estaban ordenados.
—Hacía meses que no lo veía.
No pregunto más. Llevo días aprendiendo que las preguntas directas no consiguen nada con Julián. Lo que sí consigo, cada vez con más facilidad, es fijarme en los detalles que él cree que pasan desapercibidos.
Y ese pequeño descenso en la voz no ha sido para mí.
Ha sido para el nombre.
Sigue hablando del pueblo, de las obras de la carretera, del calor que se adelanta este año, y dejo que las palabras pasen sin detenerme en ellas. Solo me queda Andrés, guardado en algún sitio, junto a todo lo demás que Julián prefiere decir en voz baja.