Sin Prescripción CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

J ulián baja al pueblo los martes y los viernes.

No sé cuándo empecé a saberlo. Quizá siempre lo supe y simplemente nunca tuve un motivo para pensarlo.

Hay cosas que dejan de existir cuando una pasa demasiado tiempo encerrada en la misma habitación.

Los días de la semana, por ejemplo. Durante meses el tiempo no ha sido lunes o jueves, sino desayuno, comida, leche y cena.

Cuatro visitas. Cuatro veces al día abriéndose la puerta. Todo lo demás daba igual.

Hoy, sin embargo, sé que es martes.

Lo sé porque antes de salir ha dicho que pasaría por la farmacia y compraría pan, exactamente igual que la semana pasada.

Y la anterior. Lo sé porque el sonido del coche alejándose por el camino de grava ya no significa solo que estoy sola durante un rato; significa que volverá dentro de aproximadamente una hora.

Empiezo a registrar esas pequeñas regularidades con la sensación de quien copia un mapa antes de que alguien lo retire de la pared.

Espero unos minutos antes de levantarme. No porque crea que va a volver. Porque ya no quiero cometer errores por impaciencia.

Hace apenas unos días habría ido directamente al cajón de la mesilla para comprobar que el teléfono seguía allí.

Ahora ni siquiera lo abro. El teléfono no ha dejado de ser importante, pero ya no es lo único que necesito entender.

Hay algo más urgente que encontrar respuestas: aprender a hacer las preguntas correctas.

Durante un año he creído conocer esta habitación.

Habría podido decir dónde cruje el suelo cuando Julián se acerca a la cama o a qué hora el sol alcanza la esquina de la cómoda.

Conocía la rutina de la calefacción, el ruido de las tuberías y el recorrido de las sombras sobre la pared. Pensaba que eso era conocer un lugar.

Ahora sospecho que solo lo había habitado.

Empiezo a moverme despacio, sin un objetivo concreto.

Apenas son unos pasos, de la cama a la puerta, pero cuando llego tengo que apoyar la mano en la pared y esperar a que el temblor de las piernas se calme.

Hace una semana no habría llegado hasta aquí.

Hace tres días habría necesitado volver a sentarme antes siquiera de darme la vuelta.

Hoy consigo quedarme de pie el tiempo suficiente para mirar alrededor.

No deja de ser una victoria ridícula, recorrer una habitación sin desplomarse, pero empiezo a aceptar que mi vida lleva un año midiéndose con unidades que antes ni siquiera existían.

Mientras recupero el aliento y las fuerzas, dejo que mi mirada se detenga allí donde antes simplemente pasaba de largo.

La puerta, por ejemplo. Nunca me había preguntado cuántas veces se había pintado.

La madera junto a la cerradura tiene pequeñas marcas que el esmalte no termina de ocultar y los tornillos brillan un poco más que las bisagras.

Puede que cambiaran la cerradura hace unos meses.

Puede que hace diez años. No tengo manera de distinguir una cosa de la otra y, sin embargo, me sorprendo dedicándole varios minutos, como si de pronto hubiera aprendido un idioma nuevo y estuviera convencida de que las respuestas llevan todo este tiempo escritas delante de mí.

Cruzar hasta la ventana me obliga a detenerme otra vez.

El corazón late demasiado deprisa para un esfuerzo tan pequeño y noto esa debilidad espesa instalada en los músculos que no se parece al cansancio de haber hecho algo, sino al de llevar demasiado tiempo sin hacerlo.

Me apoyo en el marco mientras recupero el aire.

Antes pensaba que esto era la consecuencia inevitable del accidente. Ahora ya no estoy tan segura.

Cuando paso junto a la ventana intento abrirla un poco más de lo habitual.

Nunca lo había hecho. O quizá sí y no lo recuerdo.

La hoja avanza unos centímetros más y se detiene con un golpe seco.

Hay un pequeño brazo metálico atornillado al marco que impide que siga abriéndose.

Lo observo un momento. Parece más nuevo que la madera, aunque eso tampoco significa nada.

Muchas ventanas tienen topes. Muchas personas los colocan para que no den portazos con el viento.

Aun así, me descubro tirando suavemente de él, comprobando si puede retirarse. No cede. O quizá soy yo.

Vuelvo a intentarlo, esta vez utilizando las dos manos. La hoja no se mueve ni un milímetro más. Durante unos segundos me quedo así, apoyada sobre el marco, sin saber si acabo de descubrir un tope o simplemente el límite de mis propias fuerzas.

Hace apenas unos días habría dado por buena la segunda explicación.

Hoy ya no lo sé.

La diferencia entre las dos posibilidades es mínima. Unos centímetros de ventana. Y, sin embargo, descubro que necesito saber cuál de las dos es cierta.

Abandono el intento antes de quedarme sin fuerzas del todo. El esfuerzo me ha dejado las piernas temblando y noto el pulso acelerado en el cuello. Permanezco inmóvil hasta que la respiración vuelve a ordenarse.

Es entonces cuando lo oigo, el mirlo de todas las mañanas.

No sé cómo puedo estar tan segura de que es el mismo. Quizá no lo sea. Quizá todos los mirlos canten igual y sea yo quien ha decidido convertir ese sonido en una referencia. Pero mientras permanezco junto a la ventana me doy cuenta de otra cosa.

No oigo nada más: ningún coche, ningún perro, ni una motosierra a lo lejos, ni un tractor, ni una puerta cerrándose. Solo el viento moviendo las ramas y ese pájaro empeñado en repetir siempre la misma secuencia de notas. Durante un año nunca me pregunté por qué.

Supongo que porque siempre había algo más urgente en lo que pensar. Mantenerme despierta. Llegar al baño. Conseguir terminar el desayuno sin que la cabeza se me cayera sobre el pecho. El mundo podía reducirse a una habitación y aun así seguir pareciendo demasiado grande .

Ahora empiezo a escuchar los huecos.

Permanezco allí unos minutos más, intentando distinguir algún otro sonido que rompa el silencio. No llega ninguno.

Cuando por fin regreso hacia la cama lo hago mucho más despacio que a la ida.

El cuerpo parece haber gastado de golpe toda la energía que había conseguido reunir durante los últimos días y tengo que detenerme una vez, apoyada en la pared, antes de alcanzar el colchón.

Me siento despacio y espero a que el temblor desaparezca.

Sin darme cuenta empiezo a calcular. Si Julián tarda aproximadamente una hora en bajar al pueblo, pasar por la farmacia, comprar el pan y volver, el pueblo no puede estar demasiado lejos.

Y si solo baja los martes y los viernes, tampoco debe de necesitar muchas cosas entre una visita y la siguiente.

No sé para qué me sirve pensar en eso, pero hacía mucho tiempo que mi cabeza no era capaz de ordenar algo sin perderse a mitad de camino. Quizá eso sea lo único importante. La memoria no tiene por qué empezar recuperando el pasado. Puede empezar recuperando la forma de pensar.