Sin Prescripción CAPÍTULO DIECISIETE
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CAPÍTULO DIECISIETE

A mediodía Julián entra con la comida y, antes incluso de levantar la vista del libro que tengo abierto sobre las piernas, oigo un segundo plato chocar suavemente contra la bandeja.

Levanto la cabeza.

Además del mío, ha traído otro.

Lo observo mientras termina de colocarlo todo sobre la mesilla con la misma precisión de siempre.

El vaso de agua un poco a la derecha. El pan doblando la servilleta para que no toque directamente la madera.

Los cubiertos alineados. Después acerca la silla y deja el segundo plato sobre sus rodillas.

—¿Hoy comes aquí? —pregunto.

—Sí.

Lo dice como si no hubiera nada más que explicar.

Durante un momento espero que lo haga. Que diga que abajo hace frío o que no le apetece volver a bajar y subir otra vez o cualquier otra excusa que convierta aquella decisión en algo práctico. No dice nada. Simplemente empieza a comer.

Acabo cogiendo el tenedor.

Al principio el silencio pesa un poco más de lo habitual. No porque sea nuevo. Hace mucho que el silencio forma parte de esta habitación. Lo diferente es que esta vez no llena un espacio entre dos personas que esperan terminar cuanto antes una tarea. Esta vez ninguno de los dos parece tener prisa.

Mientras como me descubro observándolo otra vez.

No de la manera en que lo hice los últimos días, buscando contradicciones o preguntándome qué parte de lo que dice es verdad.

Es otra clase de atención, más tranquila.

Me fijo en cómo sostiene el pan con la mano izquierda mientras corta la carne con la derecha, en que deja el cuchillo siempre paralelo al borde del plato cuando termina cada bocado, en que espera a tragar antes de beber agua, como si todas esas pequeñas costumbres hubieran sobrevivido intactas a cualquier otra cosa.

Me pregunto si yo también tendré gestos así. Gestos que alguien pueda reconocer incluso aunque no recuerde quién soy.

—Han vuelto los mirlos —dice de pronto.

Levanto la vista hacia él.

—Nunca se fueron .

Niega despacio con la cabeza.

—Los de invierno eran otros.

No sé si realmente distingue unos mirlos de otros o si simplemente le gusta creer que puede hacerlo.

—¿También sabes de pájaros?

Se encoge apenas de hombros.

—Mi padre me enseñó cuando era pequeño.

Eso es todo.

No añade ninguna historia sobre su padre. Ni una anécdota. Ni siquiera dice si sigue vivo.

Durante un instante estoy a punto de preguntárselo, pero la pregunta se queda donde está.

Sigo comiendo.

El guiso está bueno, pero tiene más sal de la necesaria. Dudo unos segundos antes de decir nada. Hace apenas una semana no habría importado. Habría comido lo que me pusiera delante sin prestar atención al sabor. Hoy me descubro pensando que quizá debería decírselo.

—¿Qué tal está?

Levanto la cabeza y Julián me mira con una expresión que no consigo interpretar del todo; no parece preocupado, sino más bien curioso.

—Bien.

Es suficiente para que sonría muy levemente.

—Eso significa que no.

Bajo otra vez la vista hacia el plato.

—Se te ha ido un poco la mano con la sal.

Coge la cuchara, prueba el caldo y asiente sin discutirlo.

—Sí.

Es una respuesta tan sencilla que me desarma.

No intenta convencerme de que estoy equivocada. No dice que el caldo siempre queda así o que el jamón ya llevaba sal. Simplemente acepta el comentario como aceptaría que estuviera lloviendo.

—Siempre me pasa con este guiso.

Sigue comiendo con absoluta normalidad, y no sé por qué eso me produce más tranquilidad que cualquier explicación.

Pasan unos minutos sin que ninguno diga nada .

Al cabo de unos minutos me doy cuenta de que ha ido apartando todas las zanahorias hacia un lado del plato, formando un pequeño montón naranja junto al borde.

Las miro un momento antes de hablar.

—No te gustan.

Levanta la cabeza.

—¿El qué?

Señalo el plato.

—Las zanahorias.

Frunce el ceño, como si necesitara comprobarlo por sí mismo. Después baja la vista y observa el montón que ha ido formando sin darse cuenta.

—Pues parece que no.

Hay algo casi infantil en la forma en que lo dice.

No puedo evitar preguntarme si habré visto ese mismo gesto otras veces durante este último año sin prestarle atención.

—Creo que siempre haces lo mismo. Las apartas y las dejas en el borde del plato.

Julián permanece callado unos segundos, más sorprendido que incómodo.

—Pensaba que nunca te fijabas en esas cosas.

La frase queda suspendida entre los dos y, por un instante, me descubro pensando que yo también lo creía.

Tengo la extraña sensación de que llevamos un año observándonos en silencio sin saber que el otro también estaba mirando.

Cuando terminamos de comer, Julián recoge los platos con la misma calma con la que los había traído.

Antes de salir se detiene junto a la puerta.

—Mañana probaré otra receta.

—No hace falta.

—A mí sí — dice sonriendo.

Espero a que la puerta se cierre y escucho cómo sus pasos descienden despacio por la escalera.

Hasta hace poco pensé que Julián entraba cuatro veces al día en esta habitación para traerme la comida, las pastillas y poco más.

Ahora empiezo a sospechar que, algunas veces, también subía porque comer solo debía de parecerle una forma demasiado evidente de aceptar que los dos habíamos dejado de tener una vida.