CAPÍTULO DIECISÉIS
A la mañana siguiente Julián entra con la bandeja como siempre y yo lo miro de una manera distinta.
No sé exactamente cuándo ocurrió el cambio.
Quizás fue mientras procesaba la llamada y la pregunta sobre los médicos y la diferencia entre no recordar y no haber ocurrido.
El caso es que ya no pienso en escapar. No porque haya renunciado a algo, sino porque escapar implica saber de qué huyes y hacia dónde vas, y yo no tengo ninguna de las dos cosas.
Lo que tengo es un teléfono con la batería agotada, una dirección que no conozco y una memoria llena de agujeros. Escapar con eso no es una solución.
Lo que necesito es entender primero.
Julián deja la bandeja, abre el pastillero y me coloca las pastillas en la mano con ese gesto preciso de siempre.
Yo las acepto, bebo el sorbo de té y muevo la lengua con el cuidado que he aprendido estos días.
Todo igual que ayer. Pero mientras lo hago, lo observo de una manera que no había hecho antes, no buscando señales de peligro ni calculando distancias.
Lo observo como se observa algo que necesitas comprender, con una atención fría y metódica que no tiene nada de miedo.
Julián lo nota. No dice nada, pero lo nota. Lo veo en la manera en que su mirada se detiene un momento más de lo habitual en mi cara antes de bajar hacia la bandeja.
—¿Cómo tienes la cabeza hoy?
—Igual —digo.
Habla del tiempo mientras recoge. Dice que puede que llueva por la tarde. Yo asiento y respondo en los momentos correctos, pero por debajo de esa conversación hay otra que solo existe en mi cabeza. Una lista de preguntas que no voy a hacer en voz alta porque no es el momento.
A mediodía sube con la comida. Pollo con verduras, más elaborado de lo habitual, y me pregunto si eso significa algo o si simplemente tenía ganas de cocinar.
Julián hace ese tipo de cosas, gestos que podrían ser cuidado o podrían ser otra cosa completamente distinta dependiendo de desde dónde se miren.
Se sienta en la silla mientras como y habla de un programa que ha visto esta mañana, algo sobre naturaleza, focas o pingüinos, no consigo seguir el hilo.
Lo que sí consigo es observar la manera en que habla cuando cree que no estoy prestando demasiada atención.
Hay algo en su postura que cambia, una relajación mínima que desaparece en cuanto levanto la vista .
O quizás me lo estoy imaginando.
Eso es lo más difícil de todo esto. No saber si lo que veo es real o es el producto de una cabeza que lleva meses funcionando con fugas y que ahora, con menos medicación, empieza a llenarse de cosas que pueden ser recuerdos o pueden ser otra cosa completamente distinta.
Por la tarde trae la leche y unas galletas.
Esta vez no se sienta. Deja la bandeja, pregunta si necesito algo y espera la respuesta.
Es la visita más corta del día y sin embargo es la que más me dice, porque Julián cuando tiene prisa se mueve de una manera diferente, con esa meticulosidad suya intacta pero acelerada, y esta tarde tiene prisa por algo que no me cuenta.
—¿Vas a salir? —pregunto.
—No —dice—. Tengo trabajo.
Asiente hacia la puerta y sale.
Trabajo. Lleva meses en esta casa cuidándome y en algún momento del día trabaja, aunque nunca he sabido exactamente en qué ni cuándo ni cómo. Otro de los muchos huecos que he dejado de intentar rellenar porque mi memoria no llegaba hasta ellos.
La cena es tarde, más de las nueve. Julián parece cansado pero no lo dice.
Me pregunta si he dormido, si tengo frío, si quiero que suba la calefacción.
Preguntas de rutina que hace cada noche con la misma entonación de siempre, y que yo respondo con la misma entonación de siempre, y que sin embargo esta noche suenan diferentes porque las estoy escuchando de otra manera, buscando dentro de ellas algo que no termino de encontrar o que quizás no está .
Cuando sale y escucho sus pasos alejarse hacia el piso de abajo, me quedo mirando el techo con esa frialdad nueva que todavía no sé muy bien cómo llamar.
Julián entra cuatro veces al día en esta habitación.
Cuatro veces al día me observa, me hace preguntas, me da pastillas, recoge bandejas.
Y yo hasta ahora había visto todo eso como una rutina, como el paisaje de fondo de este año, sin preguntarme qué hay detrás de cada gesto, qué sabe él que yo no sé, qué espera.
Porque hay algo que Julián espera. Estoy cada vez más segura de eso.
Lo que no sé todavía es qué.