Sin Prescripción CAPÍTULO QUINCE
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CAPÍTULO QUINCE

M e quedo con el aparato inútil en la mano.

Aunque quisieran ayudarme, no he podido darles nada.

Eso es todo. No hay drama, no hay conspiración, no hay nadie al otro lado decidiendo ignorarme.

Solo la lógica simple e inapelable de que llevo un año en una casa cuya dirección no conozco, en un pueblo cuyo nombre no sé, al final de un camino de grava que nunca he recorrido sola.

Julián es la única persona que sabe dónde estoy.

Y eso, de alguna manera, es peor que cualquier otra cosa que hubiera podido descubrir hoy.

Devuelvo el teléfono al cajón despacio, colocando cada cosa en su sitio. Cierro el cajón. Me tumbo.

Intento ordenar lo que sé .

No sé dónde estoy. Eso es lo primero, lo más simple y lo más devastador. Una casa. Un bosque. Un camino de grava. Un pueblo cuyo nombre no conozco o no recuerdo, que no es lo mismo pero hoy se parece demasiado para distinguirlos.

Dejo que esa frase ocupe el espacio durante un momento antes de pasar a la siguiente.

¿Por qué no ha venido nadie más?

Un año en esta cama, en esta habitación, en esta casa. Y en ese año no recuerdo a ningún médico que no sea Julián. No recuerdo enfermeras. No recuerdo fisioterapeutas, aunque sé que alguien debería haberse ocupado de que mis músculos no se atrofiaran del todo. No recuerdo voces que no sean la suya.

Pero ahí está el problema.

No recordar no es lo mismo que no haber ocurrido.

Mi memoria tiene fugas. Las entradas del diario de los primeros meses son casi ilegibles, frases cortadas, palabras que empiezan y no terminan.

Hay días enteros que no existen en mi cabeza.

Si vinieron médicos, si hubo enfermeras, si alguien además de Julián cruzó esta puerta en algún momento del último año, es perfectamente posible que yo no lo recuerde.

Puede que hayan venido. Puede que no.

Y no tengo manera de saber cuál de las dos cosas es verdad.

Me quedo con esa idea durante un rato, buscando algún detalle que me permita inclinarlo en una dirección u otra.

No encuentro ninguno. Solo tengo la memoria de Julián subiéndome bandejas, Julián administrándome pastillas, Julián sentado en la silla con esa paciencia que nunca se agota.

Julián como único punto de contacto entre yo y el mundo.

Si eso es así porque nadie más sabe que estoy aquí, es una cosa.

Si es así porque vinieron y yo no lo recuerdo, es otra completamente distinta.

Y la diferencia entre las dos cosas dice algo sobre mí que no estoy segura de querer saber.

Cuando oigo el coche en el camino de grava me tapo hasta la cintura y cierro los ojos. Escucho los pasos de Julián en la entrada, en la cocina, en las escaleras. Tres escalones, la pequeña pausa del cuarto, los otros nueve.

La puerta se abre.

—¿Has dormido? —pregunta desde el umbral.

—Un poco —digo sin abrir los ojos.

—Bien —dice él.

Y sale .

Espero a que sus pasos desaparezcan del todo. Entonces abro los ojos y me quedo mirando el techo con esa certeza nueva instalada en algún sitio que no sabría señalar.

El problema no es solo Julián.

Eso es lo que sigo pensando cuando baja a comer a la una, cuando sube el té por la tarde, cuando trae la cena casi a las nueve.

Cuatro veces al día entra en esta habitación y cuatro veces le devuelvo exactamente lo que necesita ver, no porque haya tomado ninguna decisión consciente sino porque algo dentro de mí ha entendido que cambiar de comportamiento antes de entender qué está pasando sería el peor error que podría cometer.

Así que como cuando toca, respondo cuando pregunta, y mientras lo hago lo observo con una atención nueva que espero que no se note, buscando en sus gestos, en sus pausas, en las cosas que dice y en las que no dice, algo que me permita empezar a distinguir lo que recuerdo de lo que simplemente no sé.

No encuentro nada concluyente. Pero tampoco encuentro nada que me tranquilice.

Cuando apaga la luz del pasillo y la casa queda en silencio, sigo mirando el techo con esa certeza instalada en algún sitio que no sabría señalar con precisión. El problema no es solo Julián. Es que no puedo fiarme de mis propias conclusiones sobre él.