Sin Prescripción CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

E sta mañana cuando Julián coloca las pastillas en mi mano las miro un momento antes de llevármelas a la boca. La cápsula blanca con la banda azul sigue ahí, igual que ayer. El principio activo es el mismo, dijo. Debería funcionar igual, dijo.

Me las llevo a la boca. Bebo el sorbo de té. Y cuando Julián baja la vista hacia la bandeja para recoger el plato, muevo la lengua con más cuidado que nunca, más despacio, sin ningún gesto que delate lo que estoy haciendo.

La cápsula queda atrapada entre la mejilla y la muela.

Julián me mira al incorporarse. Yo le sostengo la mirada sin parpadear .

—Perfecta —dice.

—Perfecta —repito.

Sale con la bandeja. Escucho sus pasos en el pasillo, las escaleras, la cocina. Después la puerta principal, el motor del coche alejándose por el camino de grava.

Espero a que el ruido desaparezca del todo.

Escupo la cápsula en la palma de la mano y la miro un momento. La maceta ya no es segura, lo sé desde que calculé cuándo toca regarla. Necesito algo mejor.

Me levanto despacio, apoyo las manos sobre el colchón y me pongo en pie.

Pero antes de caminar hacia la mesilla y al teléfono escondido, paseo la mirada por toda la habitación, buscando otro lugar donde esconder las pastillas que no me estoy tomando.

Mis ojos se posan en el radiador de aluminio blanco, instalado a escasos centímetros del cabecero y que emite un zumbido sordo y un calor asfixiante.

Extiendo los dedos temblorosos sobre las rendijas superiores de ventilación, sintiendo el aire caliente golpear mi palma.

La cápsula cabe sin dificultad por allí, así que la dejo caer.

El sonido es casi imperceptible y la pastilla desaparece en la negrura.

No me preocupa que el calor derrita el revestimiento de la cápsula y lo impregne todo con ese olor dulzón de la medicación.

La habitación entera ya huele a enfermedad.

Después, camino hacia la mesilla y su cajón con compartimento secreto, y al llegar me apoyo en ella mientras recupero el aliento.

Mis dedos encuentran la ranura sin necesidad de buscarla. Saco el teléfono y el cargador con cuidado. Lo conecto a la regleta. Espero. El logo aparece en la pantalla y después el uno por ciento, parpadeando en la esquina .

Tengo poco tiempo.

No voy a las fotos ni a los mensajes. Sé lo que hay ahí y ahora mismo no es eso lo que necesito. Marco el número directamente, tres dígitos que cualquier dedo sabe marcar sin pensar, y me llevo el teléfono a la oreja.

Suena.

Una vez. Dos.

—112, ¿cuál es su emergencia?

—Mi marido me tiene encerrada —digo en voz baja—. Llevo un año sin poder salir. Me está medicando sin mi consentimiento.

—¿Cuál es su ubicación?

Me quedo en silencio.

No lo sé.

Una casa. Un bosque. Un camino de grava que no he recorrido en un año. Un pueblo al que Julián baja solo y del que nunca me ha dicho el nombre, o si lo ha dicho yo no lo recuerdo.

—No... no sé la dirección exacta.

Una pausa breve al otro lado.

—¿Puede salir y buscar alguna referencia? ¿Un número, una calle, un pueblo cercano?

—No puedo salir.

Otro silencio. Más largo.

—Señora, sin una ubicación no podemos enviar a nadie. ¿Hay algo que pueda decirme sobre dónde se encuentra?

La pantalla parpadea.

Cero por ciento.

El teléfono se apaga.