CAPÍTULO TRECE
J ulián sube la comida a la una.
Hoy no es sopa. Es un plato de pasta con algo encima que no consigo identificar del todo, demasiado condimentado para mi gusto, aunque hace tanto tiempo que no tengo gustos propios que ya no sé muy bien qué significa eso. Lo deja sobre la bandeja junto al vaso de agua y el pastillero de siempre.
Antes de sentarse abre el pastillero.
Las cápsulas están ordenadas por colores, igual que siempre, pero hay una diferente. Donde debería haber una cápsula naranja hay una blanca, más pequeña, con una banda azul en el centro.
La señalo.
—Esta no es la de siempre.
Julián la mira un momento, como si acabara de recordar algo.
—No había existencias de la marca habitual en la farmacia. Me dieron un genérico, el principio activo es el mismo. —Una pausa breve—. Debería funcionar igual.
Debería.
Me coloca las pastillas en la mano con el mismo gesto de siempre. Las miro un instante antes de llevármelas a la boca. La cápsula blanca con la banda azul es más pequeña que las demás pero pesa igual en la lengua.
Trago.
Julián se relaja y empieza a hablar de algo que ha visto en el camino al pueblo, un árbol caído que corta parcialmente la carretera, y yo asiento y respondo con la entonación correcta mientras pienso en principios activos y equivalencias y en la palabra debería, que no es lo mismo que es.
Esa tarde me quedo dormida sin querer.
No es el sueño ligero y vigilante de las últimas semanas, ese estado en el que el cuerpo descansa pero la mente sigue atenta a los sonidos de la casa.
Es algo más pesado y más oscuro, sin bordes, sin la posibilidad de orientarse dentro de él.
Cuando abro los ojos la habitación está en sombra y no sé cuánto tiempo ha pasado.
Intento incorporarme.
No puedo .
O puedo, pero el esfuerzo que requiere es incluso mayor que el de hace dos días, antes de que empezara a escupir las pastillas en la maceta, antes de que la niebla empezara a levantarse.
Como si el tiempo hubiera dado marcha atrás de golpe y todo lo que había ganado hubiera desaparecido en una tarde.
Me quedo tumbada mirando el techo.
La cabeza pesa. No de la manera vaga y constante de siempre sino de una manera nueva, más densa, como si alguien hubiera llenado el espacio entre los pensamientos de algo que los separa y los ralentiza.
Intento recordar qué estaba pensando antes de dormirme y no encuentro nada.
Intento recordar si he comido y tampoco.
El vaso de agua está vacío sobre la mesilla pero no recuerdo haberlo bebido.
Julián entra sin llamar cuando la habitación ya está completamente oscura.
—Se te ha ido el día durmiendo —dice, y en su voz hay algo que no consigo leer, demasiado suave para ser preocupación, demasiado controlado para ser sorpresa.
—Sí —murmuro.
—Es normal. A veces el cuerpo necesita eso.
Deja una taza de té sobre la mesilla y se sienta en la silla con esa paciencia de siempre, mirándome con esa atención que llevo días aprendiendo a leer y que esta noche no consigo descifrar porque la cabeza no me responde como debería.
—¿Cómo te encuentras?
—Pesada —digo.
—El genérico puede tardar unos días en ajustarse. —Otra pausa—. Mañana seguramente estarás mejor.
Asiento.
Bebo el té cuando me lo acerca. Está caliente y sabe igual que siempre y no encuentro nada diferente en él aunque lo busco, aunque paso el primer sorbo despacio por la lengua intentando detectar algo que no debería estar ahí.
No encuentro nada, pero eso no significa que no haya nada.
Cuando Julián sale y la habitación queda en silencio, me quedo mirando el techo con esa pesadez instalada en algún sitio detrás de los ojos. La cápsula blanca con la banda azul. El principio activo es el mismo, dijo. Debería funcionar igual, dijo.
Pienso en la palabra debería.
Decido que mañana tengo que ser más cuidadosa.