CAPÍTULO DOCE
P asan tres días.
La lluvia termina por marcharse. Las velas vuelven al cajón de la cocina. El segundo libro de Julián ocupa el lugar del primero sobre la mesilla y el pelo ya no se me enreda en la nuca cuando me tumbo. Afuera no parece haber cambiado gran cosa. Dentro, un poco más.
Sigo escupiendo la pastilla en la maceta. Sigo escribiendo en el diario cada fragmento que consigo atrapar antes de que vuelva a deshacerse. Sigo diciéndole a Julián que estoy igual, que la cabeza pesa lo mismo, que no, gracias, no necesito nada.
Empiezo a descubrir que mentir no consiste tanto en inventar como en repetir. Decir las mismas frases cada día hasta que dejan de sonar falsas, incluso para una misma.
A veces me pregunto si estoy aprendiendo ahora o si solo estoy recordando algo que ya sabía hacer.
Esta mañana han llegado dos fragmentos nuevos.
El primero es una mujer. Joven, pelo oscuro, una expresión que no consigo leer del todo, entre la cautela y algo más afilado.
No sé quién es. No sé de dónde la conozco.
Pero cuando aparece en mi cabeza hay algo en el pecho que se tensa, un reconocimiento físico anterior a la memoria, como cuando el cuerpo sabe algo que la mente todavía no ha procesado.
El segundo fragmento es una discusión.
Voces. Las palabras no llegan claras pero el tono sí, esa frecuencia particular que tienen las discusiones cuando han dejado de ser sobre lo que parecen ser. Y entre las voces, la mía. Diciendo algo con una frialdad que no reconozco.
Los anoto en el diario y cierro el ordenador cuando oigo a Julián subir las escaleras.
Pero hoy algo es distinto.
La pausa en el cuarto escalón dura más de lo habitual.
Julián abre la puerta con la bandeja del desayuno y la misma sonrisa de siempre, pero hay algo en sus ojos que esta mañana no cuadra del todo con el resto de su cara. Una atención distinta. Más fina. Como si estuviera midiendo algo.
—Buenos días —dice.
—Buenos días.
Deja la bandeja. Se inclina para el beso en la frente y se queda un momento más de lo habitual en esa posición, como si estuviera calibrando algo que no termina de identificar. Cuando se incorpora su mirada pasa un segundo por mis manos antes de volver a mi cara.
—¿Has dormido bien?
—Bastante bien.
Asiente despacio. Abre el pastillero. Me coloca las pastillas en la mano con el mismo gesto de siempre, pero esta vez, cuando las acepto, no baja la vista. Me mira directamente mientras bebo el té y trago.
O finjo tragar.
La cápsula queda atrapada entre la mejilla y la muela. Igual que los otros días. Pero hoy noto el pulso en las sienes mientras lo hago y rezo para que eso no se me note en la cara.
—Perfecto —dice Julián. Recoge el plato. Dobla la servilleta. —¿Has tocado algo de la mesilla?
El aire cambia en la habitación.
O quizás soy yo.
Espero encontrar el miedo en algún sitio del pecho, ese vuelco que debería llegar cuando alguien está a punto de descubrirte.
No llega. Hay algo parecido a la calma, una quietud que no me esperaba y que no sé de dónde sale, como si una parte de mí ya hubiera decidido, antes que el resto, que no iba a pasar nada.
Lo atribuyo al cansancio. A los meses sin sentir del todo las cosas.
—No —digo—. ¿Por qué?
Se encoge de hombros sin darle importancia.
—Por nada. Me pareció que el cajón estaba un poco distinto, pero seguramente soy yo.
Se gira y me regala una sonrisa tan tranquila que por un momento me pregunto si me lo he imaginado.
—Luego te abro la ventana un rato, que hace buen día.
Sale de la habitación.
Escucho sus pasos alejarse, las escaleras, el silencio.
Entonces bajo la vista hacia la maceta.
Las hojas amarillentas. La tierra seca. Y ahí, apenas visible entre las raíces, el borde naranja de una cápsula que no me tomé.
Julián riega esa maceta una vez a la semana.
Calculo rápido. Mañana le toca.