CAPÍTULO ONCE
A l día siguiente, Julián sube con la bandeja y deja, junto al pastillero, otro libro del mismo autor.
No dice nada. No pregunta si me gustó el primero, no comprueba si lo he terminado, no busca ningún tipo de confirmación. Simplemente lo deja ahí, con la misma discreción con la que dejó el primero, y sigue con el ritual de las pastillas como si aquello no mereciera ni un comentario.
Me quedo mirando el libro nuevo mucho después de que se haya ido.
Hay dos maneras de leer ese gesto y las dos me dan miedo por igual.
Puede ser el gesto de alguien que me observa con una atención que yo nunca había llegado a medir, que sabe exactamente cuándo termino un libro sin que yo se lo diga, que anticipa lo que necesito antes de que yo misma lo sepa .
O puede ser, sencillamente, cariño.
Lo peor no es no saber cuál de las dos explicaciones es la verdadera. Lo peor es descubrir que deseo que sea la segunda.
Cojo el libro y paso la primera página, pero no llego muy lejos.
Vuelvo a oír los pasos de Julián en la escalera. Tres, la pausa, los otros nueve. Pienso que se ha olvidado de algo. Cierro el libro sobre un dedo y espero.
Cuando abre la puerta ya no lleva la bandeja. Trae una toalla doblada sobre un brazo. En la otra mano sostiene una caja de plástico, unas tijeras y una máquina de cortar el pelo.
Se queda un instante junto a la puerta, como si de pronto no tuviera muy claro cómo decir lo que ha venido a decir.
—Creo que ya toca.
Tardo un segundo en entender a qué se refiere.
Después me llevo la mano al pelo.
Ha crecido tanto que, cuando estoy tumbada, noto mechones en la espalda y otros que se enredan debajo de los hombros. Hace tiempo que dejó de parecerme mío. Es simplemente otra cosa de la que no puedo ocuparme.
Asiento.
—Vale.
Julián deja las cosas sobre la cómoda .
—Antes vamos a lavarlo. Así lo corto mejor.
Me sostiene al levantarme con el mismo gesto de siempre, un brazo rodeándome la cintura, mi mano apoyada en la suya, y cruzamos el pasillo hasta el baño.
Dentro, el aire es distinto, más frío, con ese olor a cerámica limpia y a algo mentolado que debe de ser el jabón.
Ha colocado ya un taburete de plástico blanco frente al lavabo, más bajo que una silla normal, justo a la altura donde puedo dejar caer la cabeza hacia atrás hasta apoyar la nuca en el borde de la pila.
—Siéntate aquí.
Me ayuda a acomodarme. El borde frío del lavabo se me clava un instante en la nuca antes de que él lo cubra con una toalla doblada en cuatro. El pelo, suelto, cuelga hacia el fondo de la pila, mucho más largo de lo que recordaba tenerlo.
—¿Así bien?
—Sí.
Abre el grifo y deja correr el agua un momento antes de comprobarla con la muñeca, el mismo gesto que hace con el té todas las mañanas.
—Avísame si quema.
El primer chorro llega tibio, después más caliente, justo cuando empieza a deslizarlo despacio por el nacimiento del pelo. Cierro los ojos y dejo que el cuello ceda del todo contra el borde, entregando el peso entero de la cabeza a sus manos.
—¿Bien?
—Bien.
El agua baja por los lados de la cabeza y desaparece por el desagüe con un sonido hueco que se traga cualquier otro ruido de la casa.
Empieza a extender el champú entre las manos, un olor dulce, casi infantil, que no reconozco como mío ni como de nadie.
Los dedos se hunden despacio en el cuero cabelludo, dibujando círculos pequeños desde la frente hacia la nuca, y hay algo en el movimiento repetido, mecánico casi, que me recuerda a cómo cuenta las pastillas o alinea los cubiertos en la bandeja.
Todo en Julián tiene ese mismo ritmo exacto, se trate de lo que se trate.
Con la cabeza apoyada en el borde de la pila y los ojos cerrados, el mundo se reduce al sonido del agua corriendo y a la presión de sus manos.
No veo su cara. No veo nada. Y durante unos segundos eso no me da miedo, sino todo lo contrario: la sensación de estar completamente a merced de alguien resulta, por una vez, casi un descanso.
—Voy a aclarar.
Cierra el grifo del agua caliente antes de abrir el otro, y el chorro que llega es más frío, me arranca un escalofrío que sube por los brazos. Julián lo nota, porque ajusta la mezcla sin que se lo pida.
—Perdona.
—Está bien así .
Aclara despacio, comprobando con la mano libre la temperatura antes de cada pasada, hasta que el agua sale limpia. Cierra el grifo y envuelve el pelo mojado con una toalla, apretando sin frotar, absorbiendo el agua en lugar de arrancarla.
—Incorpórate despacio.
Me ayuda a enderezarme desde el taburete y me frota la cabeza con movimientos cortos antes de dejarla caer, envuelta como un turbante, sobre mi hombro.
Al incorporarme quedo de frente al espejo por primera vez desde que hemos entrado, y veo un segundo la cara de una mujer con el pelo recogido en una toalla blanca, y tardo un instante de más en aceptar que soy yo.
—Gracias —digo, y lo digo de verdad, sin calcular antes si conviene decirlo.
Julián se queda un momento mirándome a través del espejo, con las manos todavía apoyadas en mis hombros, como si mi agradecimiento le hubiera desarmado algo por dentro.
—De nada.
Recoge la toalla mojada del suelo y me sostiene al levantarme del taburete, otra vez el brazo en la cintura, otra vez mi mano en la suya, de vuelta por el mismo pasillo hasta la habitación.
Una vez allí, acerca la silla hasta la ventana, donde entra la mejor luz de la habitación. Extiende la toalla con cuidado sobre mis hombros y la ajusta alrededor del cuello con una delicadeza que me resulta ya demasiado familiar.
—¿Te aprieta?
—No.
Comprueba el cierre con los dedos antes de apartarse, después coge el peine y empieza a desenredar el pelo despacio, sin tirones, separando los mechones con paciencia, como si llevara haciéndolo mucho tiempo.
Quizá lo lleva haciendo mucho tiempo.
El peine tropieza alguna vez con un nudo y él afloja la presión antes de seguir. No pide disculpas. No hace falta.
Cuando termina, deja el peine sobre la cómoda y coge las tijeras.
—¿Muy corto?
La respuesta me sale antes de pensarla.
—Como antes.
Las tijeras permanecen inmóviles un instante.
No lo veo porque está detrás de mí, pero noto ese silencio pequeño que aparece cuando una frase encuentra un sitio donde nadie esperaba que estuviera.
—Intentaré dejarlo así.
Y empieza a cortar.
Los primeros mechones caen sobre la toalla sin hacer apenas ruido. Algunos resbalan hasta el suelo. Otros se quedan apoyados sobre mis hombros hasta que él los aparta con el dorso de la mano antes de seguir.
Miro por la ventana mientras el viento mueve las ramas del roble del camino. Más allá apenas se distingue nada.
Detrás de mí la máquina zumba un momento, se detiene y vuelve a arrancar.
Ninguno de los dos habla.
Hay algo extrañamente tranquilo en dejar que otra persona haga esto por ti.
Quizá debería sentir vergüenza o incomodidad.
Estoy sentada de espaldas a él, con el cuello descubierto y unas tijeras a pocos centímetros de la piel, pero lo único que noto es el roce del peine, los dedos apartándome el pelo de la nuca y el aire fresco sobre la piel que va quedando descubierta.
En algún momento deja las tijeras sobre la cómoda y enciende la máquina. El zumbido llena el silencio durante unos segundos. Cierro los ojos. No porque tenga sueño, sino porque, sin saber cuándo ha ocurrido, he dejado de sentir la necesidad de vigilar lo que hace.
La máquina se detiene contra mi nuca, quieta, más tiempo del que necesita entre un pase y el siguiente.
No es un temblor. Es lo contrario: una inmovilidad completa, como si él también hubiera dejado de pensar por un instante.
Después vuelve a zumbar, con el mismo cuidado de siempre, y no sé si lo que acabo de sentir en la espalda ha sido su respiración o solo la mía.
Cuando la máquina se detiene definitivamente, Julián da un paso atrás.
—Ya está.
Sacude la toalla con cuidado para que el pelo no caiga sobre la cama y se agacha a recoger los mechones que han quedado en el suelo. Los reúne con la mano, despacio, sin dejar casi ninguno.
Yo me llevo los dedos a la nuca. El pelo termina mucho antes de donde esperaba encontrarlo y la sensación resulta extraña, casi ligera.
—¿Quieres un espejo?
Vuelvo a pasarme la mano por la nuca antes de negar con la cabeza.
—No hace falta.
Él asiente, como si esa respuesta le pareciera la más natural del mundo. Recoge la toalla, la máquina y la caja y, antes de salir, deja el libro otra vez sobre la mesilla, donde yo lo había cerrado.
Espero a que la puerta se cierre antes de volver a pasarme la mano por el pelo. Sigue resultándome extraño, pero no siento la necesidad de buscar un espejo.