CAPÍTULO DIEZ
H oy el ejercicio llega hasta la ventana.
Cuando apoyo la mano en el marco me quedo unos segundos sin moverme.
No porque quiera mirar fuera, sino porque necesito recuperar el aliento.
El corazón late demasiado deprisa para cuatro pasos mal contados y noto ese temblor fino que siempre aparece cuando las piernas deciden recordarme que todavía no confían del todo en mí.
No es mucho. Apenas cuatro pasos más de los que daba la semana pasada.
Pero las piernas aguantan y no tengo que detenerme a mitad de camino, como llevo haciendo desde que empecé a intentarlo.
Me quedo de pie junto al cristal, respirando hondo, con esa mezcla de orgullo y vértigo que me produce cada pequeño avance, como si mi propio cuerpo fuera un territorio que estoy recuperando centímetro a centímetro.
Julián está en la puerta. Me ha visto llegar.
No dice nada al principio. No aplaude, no sonríe con esa alegría exagerada que tienen los cuidadores de las películas cuando alguien consigue un pequeño milagro. Simplemente acerca la silla que hay junto a la cómoda, la deja a un paso de mí y vuelve a quedarse quieto.
—Por si la necesitas.
No me pregunta si estoy cansada. No insiste en que me siente. Deja la silla donde puede hacer falta y sigue doblando la manta a los pies de la cama, como si aquel gesto no mereciera ninguna explicación.
Permanezco un poco más junto a la ventana. El viento mueve las ramas de los árboles y, muy a lo lejos, un pájaro cruza por encima del camino. Hace unas semanas no habría llegado hasta aquí. Hoy puedo permitirme quedarme unos segundos antes de sentarme.
Al final lo hago. No porque las piernas hayan dejado de sostenerme, sino porque entiendo que la silla no estaba ahí para decirme que ya era suficiente, sino para que, cuando lo fuera, no tuviera que caerme antes de admitirlo.
Pienso que hay personas que cuidan haciendo mucho ruido y otras que apenas ocupan espacio. Julián pertenece a las segundas. Nunca convierte mis avances en una celebración; simplemente procura que el siguiente paso resulte un poco más fácil.
No sé todavía si eso me tranquiliza o me inquieta más.
Cuando Julián sale de la habitación, permanezco un rato más en la silla. Las piernas todavía protestan y no tengo prisa por volver a la cama. Sobre la mesilla sigue el libro que me dejó ayer. No lo he tocado desde entonces.
Al cabo de un rato lo abro sin decidirlo del todo, casi por aburrimiento, por la necesidad de tener algo entre las manos, de dejar de mirar las musarañas.
Leo despacio. Al principio apenas unas páginas. Después otras pocas más. Cuando levanto la vista, la luz ya ha cambiado de sitio sobre la pared y descubro que llevo casi toda la tarde leyendo.
No sé si me gusta el libro o si me gusta lo que hace: llenar unas horas de algo que no es esta habitación, ni Julián, ni la sospecha que llevo días alimentando en secreto.
Lo termino antes de que anochezca.
No digo nada. Lo dejo cerrado sobre la mesilla, en el mismo sitio donde él lo había dejado.