CAPÍTULO NUEVE
L a mañana empieza igual que las anteriores.
Julián sube el desayuno, espera a que me tome las pastillas que no pienso tragar y me pregunta si he dormido bien.
Le respondo lo mismo que llevo respondiéndole desde que recuerdo: que un poco mejor.
Él sonríe con ese alivio discreto que parece permitirse solo cuando cree que estoy recuperando algo.
Después me ayuda a levantarme.
El recorrido hasta la ventana sigue siendo el mismo. Un brazo rodeándome la cintura. Mi mano apoyada en la suya. Los pasos lentos, las pausas para recuperar el aliento, el regreso a la cama antes de que el cuerpo decida por su cuenta que ya ha sido suficiente.
Hace apenas unos días todo esto era verdad. Ahora solo lo es a medias .
Podría caminar un poco más. Bastante más, incluso. Lo descubrí el primer día que dejé de tomar las pastillas y desde entonces voy comprobándolo a escondidas, cuando él baja al pueblo o la casa se queda en silencio.
Pero Julián no lo sabe y de momento necesito que siga sin saberlo.
Antes de recoger la bandeja, deja un libro sobre la mesilla como quien no quiere darle importancia.
—Vi que lo mencionabas en el diario —dice, y hay algo casi tímido en cómo lo dice, algo que no encaja con el resto de él—. Bueno. No lo mencionabas. Escribiste una frase sobre echar de menos leer algo que no fuera un manual de instrucciones. Pensé que este podría gustarte.
No lo miro enseguida.
Es una novela. La cubierta no me dice nada, el nombre del autor tampoco, pero eso no significa gran cosa. Últimamente casi nada me dice nada.
—Gracias —digo.
Julián espera un segundo, como si esperara que lo abriera ahí mismo, delante de él. No lo hago. Y él tampoco insiste. Recoge la bandeja y sale con esa naturalidad suya que nunca sé si es paciencia genuina o la actuación de alguien que ha aprendido a no forzar nada .
El libro se queda sobre la mesilla.
A media mañana lo miro varias veces sin darme cuenta. No porque tenga intención de abrirlo. Porque está ahí. Igual que el vaso de agua, igual que el pastillero, solo que, a diferencia de ellos, no parece reclamar nada de mí.
Cuando Julián vuelve para ayudarme a caminar, pasa a su lado sin rozarlo siquiera. Me sostiene por la cintura, espera a que recupere el aliento después de cada pocos pasos y vuelve a acostarme con el mismo cuidado de siempre. El libro permanece exactamente donde lo dejó.
Tampoco durante la comida dice una sola palabra sobre él.
Ni por la tarde, cuando entra con el vaso de leche.
Empiezo a preguntarme si de verdad consigue no mirarlo o si simplemente ha aprendido a fingir tan bien como yo.
Al caer la tarde lo cojo por primera vez.
No pesa mucho. Paso la mano por la cubierta, leo el nombre del autor y después la contraportada. Habla de un hombre que regresa a un lugar donde ya nadie lo espera. Vuelvo a leer las primeras líneas y descubro que, cuando termino, no sabría repetir una sola frase.
Cierro el libro.
Todavía no.
Lo dejo otra vez sobre la mesilla, exactamente en el mismo sitio donde estaba .
No lo evito. Simplemente no lo abro, de la misma manera que no toco ciertas preguntas hasta que sé qué voy a hacer con las respuestas.
Espero a que el silencio vuelva a llenar la casa.
Después abro el portátil.
El diario sigue donde siempre. La última entrada termina con una frase sobre la lluvia de ayer.
La leo un momento y me doy cuenta de que cualquiera que la leyera pensaría exactamente lo que yo habría pensado hace apenas unos días: que estoy mejorando despacio, que descanso, que a veces recuerdo un olor o una palabra. Nada más.
El cursor parpadea al final de la página mientras intento decidir qué escribir. Pienso en el teléfono, en los mensajes, en la fotografía del restaurante. Apoyo los dedos sobre el teclado, pero no escribo una sola palabra.
Cierro el documento y abro otro. Escribo la fecha y me detengo. Si Julián puede abrir un archivo, puede abrir dos.
Tardo un momento en encontrar la opción que busco. Cuando termino de escribir la contraseña y la ventana desaparece de la pantalla, vuelvo al documento vacío y apoyo otra vez las manos sobre el teclado.
Esta vez sí empiezo a escribir, y cuando cierro el portátil sé que se quedan ahí dos diarios. Uno contiene la versión de mí que él espera encontrar. El otro, por primera vez desde que desperté en esta casa, me pertenece solo a mí.