CAPÍTULO OCHO
L a luz se va a media tarde.
Durante un segundo la habitación parece contener la respiración antes de quedarse completamente a oscuras.
Oigo a Julián maldecir abajo, algo sobre los plomos y la compañía eléctrica, y después sus pasos en la escalera. Tres escalones, la pausa, los otros nueve. Sube con dos velas y una caja de cerillas que no sabía que teníamos.
—Puede tardar —dice, dejando una vela en la mesilla—. La última vez fueron casi tres horas.
Enciende la segunda y la deja sobre la cómoda. La habitación se llena de una luz que se mueve, que respira.
Se sienta en la silla de siempre .
No dice que va a quedarse. Se queda.
—¿Te da miedo la tormenta? —pregunta, aunque ya sabe la respuesta, porque llevo un año de tormentas y nunca se lo he dicho.
—No. Me gusta el olor que deja después.
Julián asiente, como si eso confirmara algo que ya sospechaba de mí.
—En el pueblo donde crecí llovía así casi todos los veranos. Se iba la luz siempre —se detiene un segundo, algo que hace a veces y que nunca termino de descifrar—. En casa nos sentábamos en el porche hasta que escampaba.
Habla del olor a tierra mojada, de un tejado de chapa que sonaba como una guerra pequeña cuando llovía fuerte, de un perro que le tenía pánico a los truenos y se escondía debajo de la mesa de la cocina.
Yo hablo de un olor parecido, aunque no consigo situarlo en ningún lugar concreto, solo la sensación de haberlo conocido.
—Siempre me ha gustado cómo cambia el silencio cuando llueve —digo al cabo de un momento.
Julián sonríe apenas.
—Nunca lo había pensado.
—Es distinto.
Él inclina un poco la cabeza, como si estuviera escuchando de verdad .
—Supongo que desaparecen los demás ruidos.
Permanecemos unos segundos callados. Afuera sigue lloviendo con la misma constancia.
—Cuando era pequeño —dice al final— contaba los segundos entre el relámpago y el trueno.
—¿Para qué?
—Mi abuelo decía que así sabías lo lejos que estaba la tormenta.
—¿Y funcionaba?
Se encoge de hombros.
—No tengo ni idea. Pero me entretenía.
No hay revelaciones. No pasa nada que pueda escribir después en el diario como un hecho.
Pero hay algo en la manera en que la conversación no necesita ir a ningún sitio, en que los silencios no incomodan, en que la vela de la cómoda proyecta la sombra de Julián contra la pared y esa sombra no me da miedo, que me hace pensar que esto no empezó hace un año.
Que hay una versión anterior de nosotros dos que yo no recuerdo y que él sí.
La luz vuelve poco después de las nueve. La luz del pasillo parpadea, agresiva, y los dos entornamos los ojos a la vez.
Julián se levanta y apaga las velas una a una, con el índice y el pulgar, sin prisa.
—Buenas noches —dice, y por primera vez en mucho tiempo lo dice sin que suene a la despedida de un carcelero.
Cuando sale, el olor a mecha apagada se queda un rato más en el aire.