Sin Prescripción CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

M e despierto sin saber que me había dormido.

La luz ha cambiado. Ya no entra horizontal por la rendija de la cortina sino que cae casi vertical sobre el suelo, lo que significa que han pasado horas. Abajo no se oye nada. O Julián está en su despacho o ha salido otra vez. No me importa demasiado ahora mismo.

Lo primero que noto es que la cabeza no pesa igual.

Es difícil de explicar. No es lucidez exactamente, porque no sé lo que es la lucidez, llevo tanto tiempo sin ella que he olvidado cómo se siente.

Es más bien una ausencia. Como si alguien hubiera retirado una capa de algo, un filtro, un cristal sucio, y el mundo siguiera siendo el mismo pero ligeramente más nítido en los bordes.

Me quedo inmóvil y dejo que esa nitidez se asiente.

Entonces llega el primero.

No es un recuerdo completo. Es un fragmento, una imagen suelta sin contexto ni principio ni final: una cocina que no es esta. Azulejos blancos. Una ventana con vistas a un jardín pequeño. Mis manos sobre una encimera de mármol gris.

Se va antes de que pueda aferrarme a él.

Espero.

Llega otro. Una risa. La mía, creo, aunque no la reconozco del todo. Y una voz que no identifico diciendo algo que no consigo descifrar, demasiado lejos, demasiado enterrado bajo todo lo demás.

Después, nada.

Me incorporo despacio y alargo el brazo hacia el ordenador.

Julián me lo trajo hace meses, un modelo antiguo y lento que tarda una eternidad en arrancar.

Sin internet, me dijo. La conexión aquí es imposible.

Lo mismo ocurre con el móvil que me dejó cuando salí del hospital, un modelo nuevo que solo sirve para ver series y leer cuando la conexión lo permite, que no es siempre.

Sin llamadas, me explicó. La tarjeta que tiene no da para eso en esta zona.

Al principio intenté comprobarlo yo misma, pero el resultado era siempre el mismo: sin cobertura, sin señal, sin nada.

Dejé de intentarlo hace meses, igual que dejé de preguntar por el teléfono fijo que nunca encontré en ningún sitio de esta casa.

Suelo usar el ordenador para escribir el diario, para llenar las horas y tener la sensación de que los pensamientos son menos peligrosos si los saco de la cabeza y los dejo en algún sitio .

Abro el documento.

Hay semanas de entradas. Algunas largas, otras de una sola frase.

Las de los primeros meses son casi ilegibles, frases cortadas, palabras repetidas, párrafos que empiezan y no terminan.

Leo algunas y no me reconozco en ellas, igual que no me reconocí en la foto del restaurante.

Es como leer el diario de alguien parecido a mí, con otras decisiones.

Sentía distinto, pensaba distinto. No sabía lo que sé ahora: muy poco todavía, pero más que ayer.

Abro una página nueva y escribo los fragmentos antes de que se pierdan. La cocina con los azulejos blancos. La risa. La voz. Las manos sobre el mármol. Los escribo sin intentar ordenarlos ni darles sentido, solo para que estén en algún sitio fuera de mi cabeza.

Después escribo el mensaje.

No sabe lo que ha puesto en marcha.

Lo miro durante un rato.

¿A quién se lo decía? ¿De quién hablaba? ¿Qué era lo que se había puesto en marcha y que yo, hace un año, creía poder detener?

No tengo respuesta.

Pero tengo algo que no tenía esta mañana. Tengo la certeza de que hubo una versión de mí que sabía cosas que yo he olvidado. Que esa versión actuó. Que algo salió mal.

Y que Julián estuvo ahí.

Cierro el ordenador cuando oigo sus pasos en las escaleras. Tres escalones, la pequeña pausa del cuarto, los otros nueve. Me tumbo y cierro los ojos antes de que la puerta se abra.

—¿Dormías? —pregunta desde el umbral.

—Casi —digo.

Entra. Deja algo sobre la cómoda, no sé qué. Se queda un momento en silencio y cuando me giro hacia él sus ojos están en el ordenador, en la mesilla, antes de volver a mi cara. Un recorrido rápido, casi imperceptible, el de alguien que está comprobando algo sin querer que se note que comprueba.

—¿Cómo tienes la cabeza hoy?

La pregunta es casual. O lo parece.

—Igual —digo.

Mentira.

Igual que antes, igual que cada vez que abro la boca delante de él desde esta mañana. Me estoy volviendo fluida en esto, en decir lo que necesita oír con la misma entonación de siempre, y no sé si eso me asusta o si debería.

—Bien —dice Julián.

Y sale de la habitación .

Espero a que el sonido de sus pasos desaparezca del todo.

Entonces abro los ojos y me quedo mirando el techo.

La cocina con los azulejos blancos sigue ahí, quieta detrás de todo lo demás, esperando a que me atreva a mirarla de frente.

Todavía no.

Pero pronto.