CAPÍTULO SEIS
J ulián sube la comida a las dos.
Sopa, como casi siempre. Un trozo de pan. Y el pastillero, que deposita sobre la bandeja con la misma naturalidad con la que podría dejar un salero.
—El té de antes —dice, señalando la taza—. A ver si este está mejor.
Lo pruebo. Está igual que siempre. No sé si eso me tranquiliza o me inquieta más.
Julián se sienta en la silla junto a la cama, la misma silla de siempre, en el mismo ángulo de siempre, y me observa comer con esa atención tranquila que durante meses interpreté como amor y que ahora no sé qué es.
Quizás las dos cosas. Quizás ninguna. Quizás hay formas de mirar a alguien que no caben en palabras simples.
—¿Mejor hoy? —pregunta.
—Sí —digo.
Es mentira. O no lo es. Ya no distingo muy bien entre lo que siento y lo que decido sentir.
Cuando termino la sopa, Julián abre el pastillero. Las cápsulas descansan ordenadas por colores, igual que esta mañana, igual que ayer, igual que todos los días del último año. Me las coloca en la palma de la mano con ese gesto preciso y cuidadoso que tiene para todo.
—Primero esto.
Asiento.
Me llevo las pastillas a la boca. Bebo un sorbo de té. Y en el momento en que Julián baja la vista hacia la bandeja para recoger el plato vacío, muevo la lengua.
La cápsula queda atrapada entre la mejilla y la muela del juicio.
Trago el té.
Julián levanta la vista.
—Perfecta —digo yo, antes de que lo diga él.
Algo cruza su cara, tan rápido que casi no lo veo. Después sonríe .
No se mueve.
Se queda con el plato vacío entre las manos, mirándome con esa atención tranquila de siempre, y por primera vez soy consciente de cada centímetro cuadrado de mi propia boca.
La cápsula sigue alojada entre la mejilla y la muela del juicio, un bulto minúsculo que a mí me parece del tamaño de una piedra y que estoy segura de que se nota si abro los labios más de lo necesario.
No puedo tragar saliva con normalidad. Cualquier movimiento de la lengua demasiado brusco podría desplazarla.
—¿Todavía tienes hambre? —pregunta Julián.
Niego con la cabeza. Un gesto pequeño, contenido, calculado para no mover nada por dentro que no deba moverse.
Él asiente y por un instante creo que ha terminado, que va a darse la vuelta y salir. En lugar de eso, se inclina un poco hacia la bandeja, coge la taza de té y la sostiene en el aire, sin bebérselo, mientras me observa.
—¿Quieres un poco más de agua?
La pregunta me pilla con la boca a medio camino entre tragar y no tragar. Digo que no, pero lo digo con los labios casi cerrados, dejando salir solo el aire justo para que la palabra se entienda.
Julián deja la taza y se acerca un paso a la cama.
Durante un segundo pienso que va a hacer lo que hace siempre cuando algo no le convence del todo: apartarme el pelo de la cara, comprobar mi frente con el dorso de la mano, mirarme demasiado tiempo a los ojos como si en ellos pudiera leer algo que la boca no dice.
Aprieto la mandíbula, con cuidado, sin apretar los dientes del todo, no vaya a ser que el gesto empuje la cápsula hacia un lugar donde no pueda controlarla.
Pero Julián solo endereza la manta sobre mis piernas.
—Voy a bajar la bandeja.
Asiento.
Se da la vuelta hacia la puerta y yo empiezo a soltar el aire despacio, por la nariz, cuando se detiene.
—Ah. Se me olvidaba.
Vuelve. Se sienta al borde de la cama, más cerca de lo que esperaba, y durante un instante interminable no dice nada, solo me mira, como si estuviera decidiendo si merece la pena decir lo que ha venido a decir.
Noto el pulso latiéndome en la mandíbula, justo donde la cápsula sigue escondida, y por primera vez pienso que quizá el corazón puede delatarme tanto como la boca.
—Mañana quiero que intentes comer sentada en la silla, no en la cama. Te vendrá bien.
Solo eso.
Asiento otra vez, con el mismo cuidado de antes, y esta vez sí se levanta y recoge la bandeja de verdad .
—Perfecta —dice una última vez, ya desde la puerta, y sale.
Espero a que sus pasos crucen el pasillo, bajen los tres escalones, la pausa, los otros nueve, hasta perderse en la cocina.
Solo entonces abro la boca y escupo la cápsula en la maceta junto a la cama, entre la tierra seca y las hojas amarillentas de una planta que lleva semanas muriendo sin que ninguno de los dos haga nada por evitarlo.
Me quedo mirándola un instante. Julián riega esa maceta semanalmente. Es un escondite malo, lo sé, pero de momento es el único que tengo. Cuando lo encuentre, necesito haber resuelto ya lo que estoy buscando.
Me tumbo. Fuera canta un mirlo, luego otro, y después el silencio espeso de siempre. Pero hoy el silencio pesa de otra manera. Hoy hay algo debajo de él, algo que todavía no tiene nombre pero que está ahí, quieto, esperando a que la niebla se levante lo suficiente para dejarlo ver.
Cierro los ojos y espero.