CAPÍTULO CINCO
E l teléfono está apagado y yo sigo mirando la pantalla negra como si las palabras fueran a volver solas.
No sabe lo que ha puesto en marcha.
Las escribí yo. Con estos dedos, desde este teléfono, hace un año. Y no recuerdo haberlo hecho, igual que no recuerdo el restaurante de la foto ni la voz de Carmen ni qué aspecto tenía mi vida antes de que cupiera entera en esta habitación.
Me quedan quizás veinte minutos.
Quizás menos.
Desconecto el cargador de la regleta y lo doblo con cuidado.
Vuelvo a colocar el teléfono en el hueco bajo la madera, encima el cargador, después los pañuelos, el peine, el tubo de crema casi vacío.
Intento recordar el orden exacto en el que estaban.
No estoy segura de conseguirlo. Julián es meticuloso y yo llevo meses sin serlo.
Cierro el cajón.
Me quedo apoyada en la mesilla, esperando a que las piernas decidan si van a sostenerme el trayecto de vuelta.
El cuarto ha cambiado de proporciones desde que llegué hasta aquí.
O quizás soy yo. Quizás hay cosas que, una vez vistas, hacen que todo lo demás parezca ligeramente distinto, como si el mundo hubiera dado un giro imperceptible sobre su eje y nadie más se hubiera dado cuenta.
Doy el primer paso.
El segundo.
Cuando llego al borde de la cama y consigo tumbarme, el esfuerzo me ha dejado sin aire y con un temblor en las manos que no consigo atribuir del todo al esfuerzo físico. Me tapo hasta la cintura. Cierro los ojos. Intento que la respiración parezca la de alguien que ha pasado la mañana durmiendo.
Entonces oigo el coche.
El crujido de la grava bajo las ruedas, el motor apagándose, la puerta.
Después los pasos. Los cuento sin querer, igual que siempre, pero esta vez con algo distinto en el pecho.
Antes los contaba para saber cuánto tiempo me quedaba.
Ahora los cuento para saber cuánto tiempo tengo para borrar de mi cara lo que sé.
No sé si es suficiente.
La puerta se abre.
Julián entra con una bolsa de la farmacia y esa expresión de alivio discreto que pone siempre que vuelve y me encuentra donde me dejó. Me mira un momento desde el umbral. Yo le sostengo la mirada.
—¿Has dormido?
—Un poco —digo.
Asiente. Deja la bolsa sobre la cómoda y se acerca a la ventana para comprobar si da demasiado el sol. Es un gesto que hace siempre, automático, parte de una rutina que él ha construido alrededor de mí con una precisión que antes me parecía cuidado y ahora no sé muy bien cómo llamar.
—He traído el té de siempre —dice sin volverse—. El otro no te gustó, ¿verdad?
—No mucho.
—Ya me parecía a mí.
Se gira y me sonríe.
Yo le devuelvo la sonrisa.
Y pienso en once meses de mensajes sin respuesta. En una foto en un restaurante. En ocho palabras escritas a las 23.47 de una noche que no recuerdo.
—Luego te subo algo de comer —dice Julián.
—Bien —digo yo.
Sale de la habitación. Escucho sus pasos alejarse por el pasillo, luego las escaleras, uno, dos, tres, hasta que el sonido se pierde del todo.
Solo entonces dejo de sostener la sonrisa.